Lucas 5,1-11

Vaya usted con mucho cuidado al trabajo porque la donde menos se espera salta la teofanía

La lectura de la misa este domingo fue la pesca milagrosa. Recordé que, en una mesa redonda sobre el aforismo, tuve un debate muy serio con el poeta Javier Salvago que no veía que los Evangelios fuesen libros repletos de sentido del humor. Él los veía siniestros. Sin mala intención: por la cruz y eso. Yo traté de explicar que la gracia corre entre líneas y estalla al final, pero me faltó la gracia y la gracia necesarias para hacerlo. A ver ahora.

En Lucas 5, Simón Pedro reconoce la divinidad de Cristo. Pasa de llamarle «Maestro», reconociéndole una autoridad intelectual, a llamarle «Señor», que es un título reservado a la divinidad para cualquier judío que se precie. Parecería que esto trasciende los límites del humor, pero no.

Lo gracioso está en el contraste tremendo entre el reconocimiento de Jesús como Dios, nada menos, y la causa que lo provoca: una buena pesca. No es el Mar Rojo abriéndose. Tiran las redes y sacan muchísimo pescado, sí, pero con el sudor habitual. Sin embargo, Pedro le da una vuelta de tuerca a la primera ley de la política de Robert Conquest: «Uno es siempre de derechas en los temas que conoce de primera mano», y demuestra que, además, uno tiende a ser místico en los asuntos que conoce a fondo.

Pensé de inmediato en el excelente poema de Marcela Duque sobre la imposibilidad de hacer un poema excelente. En Bello es el riesgo escribe: «Es bueno que se te resistan las palabras,/ que no sean acuarela sino mármol/[…] Es bueno que te canses,/ que se te oponga tozuda la materia/ y a veces sufras/ la monotonía de labrar en vano./ Así cuando el poema, ligero, emprenda el vuelo/ y lo veas palpitar, sabrás que en él/ está presente un soplo que no vino/ de la sola pericia de tus manos».

Volviendo a los Evangelios, Jesús no pierde ninguna oportunidad para subrayar sutilmente la gracia de cualquier situación. Con la pesca, se ha dado cuenta de que han reconocido su dignidad divina por el detalle de las redes repletas y se dispone a seguir hablando en su idioma. Guiñando un ojo, les propone en términos piscícolas la vocación: «Os haré pescadores de hombres». A un escritor le hubiese propuesto escribir «endecasílabos a lo divino». «Para hablar de lo eterno, basta hablar con talento de las cosas del día», resumió Gómez Dávila. Si usted lee este artículo de buena mañana, vaya con tiento al trabajo. Le puede asaltar una teofanía en la rutina menos pensada.

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