EL uso de esta palabra, en este pueblo con pretensiones de ciudad, ha resultado siempre comprometido. Pero no me refiero aquí a su significado metafórico-cornúpeto propio de la Fiesta Nacional, la de los cuernos, en su sentido lato. Su uso tiene que ver con su significación originaria: la profesión vinculada a la educación de niños y jóvenes, actividad que, como el lince ibérico, está en peligro de extinción. Y no es que no haya docentes o aspirantes a serlos, que haberlos, haylos y por decenas (de mil): tenemos profesores, diplomados, licenciados, másteres…, pero cada vez van quedando menos maestros.

Los tiempos de crisis son momentos de cambios. Y entre las muchas revoluciones que este país tiene pendiente (algunas tan necesarias como la democracia real o la socialización de los medios financieros y de producción -Marx dixit-), una de las más perentorias es la de la educación. Un cambio, desde la prioridad de lo público, que gravite, más allá de tecnicismos burócratas, sobre dos ejes: profesionalización y humanización.

Profesionalización, porque tenemos profesores muy preparados en la orogénesis peninsular, la lingüística estructural o la biología molecular, pero que las materias fundamentales, el "arte" de educar y el logro de la autoridad moral ante los alumnos (requisito esencial), las aprendemos por tanteo, a trompicones y por pura intuición.

Humanización, porque trabajamos con personas y educar, además de enseñar las leyes de Mendel o el teorema de Thales, es acompañar, guiar, razonar, escuchar, motivar… Y cada vez más las circunstancias, y nuestra propia formación, nos llevan más a enseñar que a educar.

Sé que este artículo no será colocado en ningún tablón de anuncios de ningún centro educativo, al contrario, morirá maldito en la soledad de alguna papelera. Pero es que conforme me hago más mayor y tengo más "años de servicio", veo más urgente la necesidad de regenerar este viejo oficio (probablemente con la prostitución el más antiguo del mundo), de recuperar su sentido más primitivo, de recobrar, como parte de la gran reforma que precisa la educación, la visión del maestro como compendio de sabiduría, autoridad (respeto moral), profesionalidad y voluntarismo.

Solo se puede educar desde la cercanía y la autoridad, es decir, cuando el alumno se siente próximo al maestro y hace de él (sentido profundo de la autoridad y el orden) un referente moral: respeto al maestro en la medida que acepto lo que él dice. El problema es que sin educación no hay enseñanza: no se puede enseñar sin que las dos premisas básicas de la educación, cercanía y orden, estén presentes y activas en el aula. Por eso, además de otras causas (desinterés de las familias, falta de apoyo social, desorientación de la Administración…), la escuela es hoy un germen de fracaso.

A esta alturas, ya de vueltas y con la mochila cargada de "vacías" titulaciones universitarias, lo único a lo que aspiro es a releer "La lengua de las mariposas" y a intentar ser, sin más adjetivaciones, maestro. Una profesión en peligro de extinción.

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