El desocupado lector, como diría Cervantes, que tenga la paciencia de leer mis artículos o el ocupado leedor que ocasionalmente, a modo de zapping en papel, se tope con ellos, podrá pensar con razón que está ante un columnista raro. Y así es. Si no raro, al menos peculiar. Me gusta establecer una relación de continuidad con aquel que tenga la paciencia y la amabilidad de leerme y procuro no hacerle perder demasiado el mucho o poco tiempo del que disponga. No soy un analista político, sino un observador del mundo que me rodea. De los primeros hay sobrados maestros en este diario y no creo que sea mi misión intentar ponerme a su altura. Los leo, me informo y aprendo de ellos.

Dicen algunos analistas internacionales que los periódicos españoles están excesivamente politizados, que le dedican demasiado espacio a la información política. Y tal vez lleven razón. Pero no solamente son los periódicos, sino la vida española la que está excesivamente politizada. Hablamos mucho de política o de cotilleos políticos, según se mire, pero muy poco de los problemas reales de nuestra sociedad, que no son pocos, y de la manera de solucionarlos. Damos y damos vueltas a luchas internas en los partidos, alianzas contra natura para conseguir el poder, pagos de favores a cambio de mantener la integridad nacional, en tanto siguen esperando la modificación de la ley electoral, el pacto por la educación o el adelgazamiento de las administraciones.

Creo que deben tener su lugar, como siempre lo tuvieron en el periodismo español, los artículos literarios. Aunque solo sea en un pequeño rincón del periódico. Larra, Camba, Ruano, Azorín, Cunqueiro, han pasado a la Historia de la Literatura por sus artículos periodísticos. Son páginas intemporales que han resistido el paso del tiempo porque no tratan de la inmediatez ni de la banalidad, sino de la condición humana, de la situación del hombre en el mundo que le rodea. No es que no me interesen la llegada incesante de pateras, la situación tan preocupante que vive nuestro país, la nefasta gestión de las televisiones públicas, el fracaso escolar permanente o la deprimente situación de las urgencias hospitalarias, pero no quiero que ello me impida ayudar a un vencejo caído en el suelo, incapaz de levantar el vuelo, apreciar el olor de los jazmines en los atardeceres de verano o el canto de los mirlos poco antes del amanecer.

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