Tiempos de mentiras y de miseria moral le parecen los actuales a Carlos Colón, ¿y cómo no estar de acuerdo? Sólo que, si se quiere ser justo, hay necesariamente que extender el diagnóstico, si de España y Andalucía hablamos, también a los anteriores y a los previos a los anteriores. Aun dando por bueno que el imperio de la mentira y la miseria haya podido crecer gracias al profundo deseo de paz civil que ha llevado a tantas cesiones ante la mera falsificación, lo cierto es que desde hace demasiado tiempo España se desenvuelve entre la mentira y la indignidad, y sólo ello explica muchos perfiles nauseabundos de la realidad contra los que algunos, mientras podamos, escribiremos.

Ha escandalizado que desde esta columna se hiciera un juicio no complaciente que, por supuesto, no era insultante ni siquiera negativo sobre la persona, sobre Blas Infante y su obra política e intelectual. Me importa subrayar que mi artículo marcaba claramente distancia con las inaceptables declaraciones de un concejal sevillano sobre el personaje, que a su vez, justo es recordarlo, se inscribían en el de una conmemoración que cada agosto es utilizada desvergonzadamente por los caciques de hogaño para hacer ostensible que en Andalucía hay gente de primera, la que aplaude el sistema autonómico que les garantiza poder y pitanza, y la que, por no estar en eso, es semejante a los asesinos del retórico Padre de la Patria. Rozar el borde del manto del mito que sustenta el embeleco es como apretar un gatillo.

Pero si de mitos hablamos, muchos de mi generación hemos tenido que aprender a vivir sin ellos. Desde muy jóvenes supimos que todo lo que nos era sentimental o moralmente caro estaba condenado a la ignominia, el desprecio y la falsificación. Hemos visto cruces en los vertederos, memorias arrasadas, historias tergiversadas, ideas escarnecidas, famas aniquiladas, lápidas arrancadas, tumbas violadas, familias agraviadas y vejadas... Finalmente, todo ello consagrado por una ley que, con finalidad política muy del presente, convierte en monstruos a familiares, amigos, maestros...; en realidad a dos generaciones de personas corrientes y heroicas a la vez que hicieron posible primero la destrucción de la revolución sovietizante, luego la colosal obra de poner a España en pie. Somos muchos los que llevamos mucho tiempo padeciendo la injusticia, la discriminación, la mentira y la miseria moral. Podemos ofrecer nuestra experiencia franciscana a los más sensibles de quienes, acaso por vez primera, tragan un poco del amargo jarabe de la desolación.

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