A RIENDA SUELTA

Pablo Fdez. Quintanilla

Muhammad Ali no se muere

LE llegó la hora a Muhammad Ali, uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos. Que no el mejor, dicen los más puristas, que otras leyendas a las que no les tocó darse guantazos en los tiempos en los que el boxeo vivió su época de mayor impacto social. El boom del pugilismo es escasamente anterior a Ali y no debido a su forma de pelear, sino a los grandes rivales a los que tuvo que enfrentarse. Su tarjeta de resultados no es brillantes. Ganó y perdió, sangró como sangran todos los humanos y a menudo fue incapaz de conseguir lo que se propuso. Yo mismo creo que ni siquiera fue el mejor de su tiempo, que Joe Frazier no era en ningún caso un deportista inferior. Quien se murió fue el boxeador más importante de todos los tiempos, quizás la gran personalidad del deporte mundial. Su huella tiene que ver con la lucha por los derechos civiles en Norteamérica y el resto del mundo, su obsesión con incluir a África en el debate occidental y la simple idea revolucionaria de no hacer siempre lo que esperan de ti que hagas. Y esos valores no se van con su muerte.

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