No es que me guste mucho la palabra nostalgia, pero consultado el diccionario de la RAE es la que más se acerca a lo que quiero expresar en este artículo. Pena de verse ausente de la patria, los deudos o los amigos y tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, añoranza. Así reza en sus dos acepciones. Y aunque el otoño y la primavera tienen la fama de ser sus estaciones preferidas, los españoles, llegadas las vacaciones de verano, somos presos de la nostalgia.

Los que en su día tuvieron que abandonar su tierra y buscar una mejor vida dentro o fuera de la península, los que poco tienen que agradecerle a un paisaje inhóspito y un paisanaje aún peor, parecen tocados por las meigas e idealizan su lugar de origen. Será la querencia que dicen los taurinos o el instinto atávico que llaman los antropólogos, pero lo cierto es que media España se pone en camino en tanto la otra media va de regreso. La España vacía de la meseta recobra la vida durante dos meses para volver a quedar abandonada el resto del año. Pueblos que apenas pasan de un centenar de habitantes, incluso deshabitados durante el invierno, vuelven a abrir sus casas y mantienen durante unas semanas una forma de vida ya carente de sentido.

Hombres y mujeres que llevan lustros en otras latitudes y allí tienen su vida, disfrutan con volver a realizar labores agrícolas que ya no se hacen, lloran en procesiones patronales, cuando ni son religiosos ni aparecen por la iglesia el resto del año, y se sienten pertenecientes a un colectivo que ya no existe.

El hombre ha evolucionado mucho a lo largo de la historia, pero la mente humana probablemente permanezca estancada desde la Edad de Piedra. Entre un ejecutivo de Wall St. y un indio de la selva amazónica la diferencia tal vez esté en el taparrabos, si no está a favor del segundo desde el punto de vista de los sentimientos humanos. A veces, buscando la mejora material se olvida uno de la pérdida espiritual. Buscando dinero para emplearlo en ostentación y artefactos técnicos se pierden sentimientos y paz interior. Son muchos los que después de emigrar tienen más, pero no son más felices. Por eso cuando el verano trae el calor y con las noches de insomnio las cabezas se obnubilan, de la forma más freudiana, la mente regresa al lugar de origen, a la infancia, esa época que, aunque no lo fuera, tendemos a recordarla feliz.

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