Es terrible para este mundo el hecho de que aún haya que hacer bandera de algo como la libertad de elegir o sentir cualquier predilección sexual. Es profundamente descorazonador que haya quien se sienta con derecho a prohibir o criticar la expresión de tales sentimientos y libertades. Es doloroso que exista una asociación de abogados, con el fraternal apellido de cristianos utilizado de manera excluyente, a los que ofenda la exhibición de un símbolo inclusivo en el balcón de un ayuntamiento, como ha pasado en Cádiz con la bandera del orgullo gay. No es nuevo este tipo de contradicciones: también hay, ha habido y habrá, partidos de corte dictatorial que se empeñan en apellidarse 'demócratas'.

En el caso de la homosexualidad, o simplemente de las diversas sexualidades y del respeto hacia ellas, es llamativo el paralelismo de reacciones con las que se producen en torno al racismo: abundan quienes afirman no tener nada en contra de los gustos de cada uno, y utilizan el conocido argumento de tener muchos amigos homosexuales (o negros), a la vez que se preguntan ¿por qué tienen que celebrar un día festivo, acaso pido yo manifestarme orgulloso de ser hetero, hombre o blanco?

La incomodidad que provoca la demostración pública de formas de ser diferentes tiene tal vez que ver con nuestras propias inseguridades. Esa falsa benevolencia que consiste en decir "bien está que lo sean pero no tienen por qué hacer una fiesta por eso" no es más que una apropiación de la idea de lo correcto. En el mejor de los casos esa incomodidad provendría de una educación de milenios que nos ha hecho propensos al rebaño igualitario y a abominar de ovejas negras (otra vez el color). En el peor, supondría una interiorización de la represión hasta el punto de castigar con la ofensa, la agresión o la burla a aquellos que nos hacen sentirnos incómodos.

En el caso de la asociación de abogados cristianos que se dedican señalar con el dedo de una ley que se quiere implacable, corresponde seguramente a ellos hacer el examen de conciencia, acto de contrición y confesión que consideren. Y no será en este espacio donde se les imponga una penitencia ni se dictamine si merecen la absolución. Por nuestra parte, bastaría con que alguno de ellos tomara conciencia del daño que puede hacer a las personas cuando dicen estar defendiendo a las instituciones públicas y abogando por la pureza de uso de un balcón.

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