Desde que tenemos noticias de nuestra historia hemos creído avanzar aunque, a veces, la realidad nos inunde con todo lo contrario. Resulta que si no fuera por la cara de ilusión de algunos enanos y las miradas de algunas enanas pizpiretas que estamos viendo esta semana, creeríamos que la Navidad y la ilusión se habían acabado. Y no es así, porque el cartero real sigue teniendo clientela. El Alcázar guarda aun los olores de los dromedarios y hasta tenemos plaza de Belén con nieve y todo. Ahora los pastores siguen a una estrella ficticia. Los refugiados y los migrantes del Estrecho ven en España la luz que les guía. Vienen huyendo, haciendo ver que lo de la huida a Egipto por la matanza de inocentes, ahora se ha convertido en el desembarco en Andalucía, y no huyen de un Herodes puesto a dedo por el Imperio romano, sino de otros capitanes puestos a dedos por un presidente fariseo del imperio norteamericano. El buey y el asno siguen dando calor adaptado a los tiempos en forma de contaminación y calentamiento global. El portal de Belén humilde y acogedor es ahora más que nunca el símbolo de esas cajas de cartón que sirven de cama a muchos sintecho y siembran nuestras calles de miseria. Los presentes ya no son oro, ni incienso ni mirra, sino los carros de alimentos solidarios, los almanaques benéficos y las bolsas de caridad. Ni los evangelios apócrifos ni los canónicos se imaginaban los cambios que podrían acaecer en los episodios allí contados para deleite de las generaciones venideras. Si el profeta Miqueas, los historiadores, los eruditos y los sacerdotes astrónomos que estudiaban las estrellas levantarán la cabeza, no podrían creerse lo que ahora vivimos. Reyes que han perdido poder, han dejado de ser magos y muchos de ellos cuestionados. No precisamente por culpa de un tal papá Noel.

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