Violetas y babuchas

Begoña García / González-Gordon

Pinos sentenciados

Me llega un ruido extraño. Como un quejido suave, como un lamento bajito. Me recuerda al estruendo amortiguado con que llega a mi casa el fragor de la feria. Salgo al jardín. Escucho. No, no, del jardín no viene. Y tampoco de la feria. Viene de distintos sitios y forma en el aire una polifonía de suspiros.

Salgo a la calle. Husmeo. Parezco una sonámbula en camisón tanteando de oído. Poco a poco voy entendiendo lo que me dicen las voces plañideras. Todas, con mayor o menor intensidad, más deprisa o más despacio, vienen a decir lo mismo:

-Los pinos, por Dios, esos pinos.

¿Qué pinos? ¿Qué pasa? Llego a la Avenida y las palmeras me estorban buscando los pinos. Los localizo. Qué grandes son, qué ancianos, qué altos. Me gusta contemplarlos viendo cómo nos echan los brazos desde muy arriba, desordenadamente, mientras imagino sus raíces metiéndose por donde pueden. El subsuelo, qué terreno tan poco afable para expandirse. Rompen el asfalto, quiebran pavimentos, socavan aceras, ¿qué van a hacer? ¿Qué otra cosa pueden hacer? Ellos que crecieron tan anchos jugando al tentetieso con los olivos.

Al pasar junto al Instituto veo la huella de uno muerto: un tocón. Y luego una sucesión de pinos con una extraña marca en el tronco. Es un lunar precioso, de pintura color naranja del tamaño de una pelota de tenis. No sé qué significará, pero me temo lo peor. ¿Será que van a cortarlos? Lo mismo se han hecho viejos y ahora, cataplán, se los quieren cargar. Pues si es así, vaya sentencia de muerte tan vistosa ese lunar.

Sigo andando. Y entre un pino y otro, entre un lunar naranja y otro, un tocón más, con la madera fresca y blanca todavía, por donde pasó la sierra. A ese lo asesinaron recientemente y me pregunto si estarán también los otros sentenciados. Si será un cadalso la grúa que vi aparcada en la rotonda.

Vuelve el lamento y escucho. -Quizás tengamos que resignarnos- les oigo decir. -Olvidar que hubo pinos en la Avenida. Olvidarnos de ellos como de tantas otras cosas.

Pues yo no pienso. Los pinos de la Avenida, como tantas otras cosas, no merecen el olvido. Un pino, como casi todo lo viejo, es caro de conservar. Y poco lucido, poco rentable. Sale más barato liquidarlo y gastarse el dinero en plantar aberraciones. En plantas carnívoras que devoren el patrimonio y nos coman por los pies. Plantar árboles con hojas de voto, perennes. No me da la gana. Ni pienso olvidar ni pienso resignarme. Que estos pinos viejos son patrimonio de esta ciudad y Jerez ya ha perdido bastante patrimonio.

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