TIENE QUE LLOVER

Antonio Reyes /

Relatividad

Para los que procedemos del campo de las Ciencias Humanas, la relatividad tiene que ver, más que con la teoría de Albert Einstein, con la capacidad del ser humano de pertrecharse contra cualquier tipo de absolutismo. El paso del tiempo y la experiencia ayudan a poner en solfa las verdades absolutas.

Imagino que será la conjunción de estos factores la que hace que cada vez sea más descreído, que huya de los dogmas, de los profetas y agoreros, de los viscerales y de los dueños de la verdad, y, por tanto, me sienta más cercano de quienes hacen de la duda su forma de existir. Soy de los que piensan que el Dios de los nuevos tiempos, el Ser Supremo que ha de regir nuestros destinos, es el relativismo.

Este pensamiento lo mismo es aplicable a la política que a la economía, a la religión o a los planteamientos de algunos de los nuevos visionarios de los movimientos emergentes, incluido el 15M. Cada vez estamos más rodeados de verdades absolutas, de personajes y de grupos mediáticos que creen, a pie juntillas, poseer el don de la verdad como un patrimonio exclusivo.

Pero este afán desmedido por la certeza comienza a extenderse a nuevos campos. Ahora resulta, después de habernos contado durante mucho tiempo las bondades del pescado azul, que el consumo del atún, según los "expertos", es nocivo para la salud por las altas dosis de mercurio que contiene. Así, los romanos, con sus factorías almadraberas en el Estrecho, o los japoneses, modernos dominadores de la pesca de esta especie, estaban, antes de Cristo, y están, en pleno siglo XXI, más que equivocados.

Pues qué quieren que les diga. En este como en otros temas, yo, además de relativizar estas "certezas" científicas, creo firmemente en la "ciencia" popular, aquella que se ha ido transmitiendo oralmente de padres a hijos. Los extremeños, nativos de tierras adentro, curan sus diarreas a base de comer, en exclusiva, jamón de pata negra. Nosotros, vecinos del mar, lo hacemos con pescadito en blanco. Ambos procedimientos han sido, tradicionalmente, recetas infalibles cuando se aflojan los intestinos. De igual modo, el atún, desde el tiempo de nuestros tatarabuelos, ha compartido con el aceite de oliva y el vinagre de vino nuestras ensaladas, nuestros picadillos, nuestras piriñacas y, hasta el momento, no he visto a nadie, ni joven ni adulto, con cara de termómetro.

Relativizar tanto dogma, incluidos los científicos, e instalarse en la bondad de la duda permanente en todos y cada uno de los aspectos de la vida no solo es necesario sino también algo sano, muy sano, para el cuerpo y para el espíritu. Por eso me van a permitir que proclame, como un buen doctor, que contra el monopolio económico de los mercados, contra la supremacía esclavizante de la ciencia y contra tanto poseedor de la verdad, ya sea vestido de obispo, de banquero o de insurgente, no hay nada mejor que llevar a la mesa un buen pepino acompañado de atún de almadraba, y regado con vino de la tierra. Aunque solo sea por darle, a tanto dogmático que anda por ahí suelto, un poco por el trasero.

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