Una señora de muchos posibles imponía su voluntad con esta máxima: "Aquí y en Holanda/ el que paga manda". A mí aquella frase me sirvió para estudiar, en Derecho Sucesorio, la sacralidad de la voluntad del testador: "Aquí y en Holanda/ el que palma manda". Eso era antes, porque en Holanda se han sacado una ley de la alquitara que dice que todos los holandeses son donantes de órganos a no ser que se nieguen con premeditación y alevosía. Se ve que ya no manda ni el que paga ni el que palma, sino el que recauda y regula.

La propiedad clásica allí y aquí está ya muy cercada por los diversos impuestos (más caros que un alquiler de lujo) y los límites de todo tipo a lo que uno puede hacer en su jardín o en su casa o decir o pensar. Ahora el cerco llega al propio cuerpo, nuestra posesión más íntima. Cierto que los holandeses podrán decir que no previamente, pero no será tan fácil hacerlo señalándote tanto. En España también somos todos donantes universales, aunque se guardan un poco más las formas y se respeta el lugar de la familia. Algo es algo.

Yo, sin dejar de admirar el avance científico y para la salud, siento cierta incomodidad personal ante los trasplantes. No se me va de la cabeza aquel aviso de Francisco Umbral. Gracias a los avances de la medicina, es posible que una bella señorita nos ame apasionadamente con el corazón de un camionero.

Yo donaría todo lo aprovechable mío encantado, pero preferiría escoger a los destinatarios. Convertirme quizá en un regalo o un detalle. No me imagino mi corazón en el pecho de un abstemio, perdiéndose eso que alegra el corazón del hombre. O mis retinas en las cuencas de un aficionado a la pintura abstracta. O mi hígado en el costado de envidioso, criando mala bilis. Etc.

Sé que pido un imposible y una frivolidad y que, puestos en el caso, ni la urgencia del momento ni las necesidades del paciente ni mi estado (más que nada) estarán para demasiados dibujos. Además, los órganos van a una especie de caja común solidaria y yo también me podría beneficiar, de necesitarlo, de los de algún socialdemócrata al que no le gustase demasiado -lógicamente- acabar formando parte de un carca irremediable.

Bastará, pues, agradecer a la legislación española que no se haya puesto tan totalitaria del todo como la holandesa y que nos deje un resquicio de soberanía sobre nuestro propio cuerpo. Y a la medicina española, sobre todo, que salve vidas.

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