La tribuna

nacho Asenjo

Turquía y la paradoja europea

HASTA hace muy poco tiempo, el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan era señalado en gran parte del mundo como la prueba de la compatibilidad entre islam y democracia. Los diez años de su partido, el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), en el poder demostraban que una organización islámica conservadora podía asemejarse más a un partido democristiano europeo que a un grupo radical empeñado en imponer la Sharia como fuente del derecho. Pero la brutalidad de la represión del movimiento civil de la Plaza Taksim ha hecho que la prensa occidental lo presente casi como un dictador y que algunos líderes europeos, empezando por la canciller Merkel, se permitan el lujo de darle públicamente lecciones de democracia.

Nunca está de más echar la vista atrás. Cuando en el año 2002 el AKP gana con clarísima mayoría las elecciones generales sólo habían pasado cinco años desde que un gobierno democrático fuera expulsado del poder por el Ejército. Su líder, Erdogan, no pudo presentarse a las elecciones porque había pasado cuatro meses en prisión por recitar un poema en un mitin. Es pues fácil entender que uno de los grandes objetivos del AKP haya sido enfrentarse a un régimen republicano y laico que daba un papel excesivo al poder militar y tenía en su matriz una clarísima tendencia autoritaria.

Por eso la acción de Erdogan se ha concentrado en desmontar algunos elementos del Estado laico, empezando por establecer una verdadera subordinación del poder militar al poder político, pero también por permitir el uso del velo en espacios públicos, ablandando una prohibición que muchos consideran contraria a las libertades individuales. Más allá de la opinión de los occidentales sobre estas cuestiones, lo cierto es que la población ha seguido otorgando mayorías cada vez más claras al AKP, como reconocimiento a unas políticas que han traído una era de prosperidad y de mejora de las condiciones de vida sin precedentes, pero también como apoyo a las políticas de flexibilización de la laicidad del Estado.

Pero claros signos de endurecimiento en el régimen del AKP, en particular la represión de la prensa y de movimientos de oposición, han ido apareciendo en los últimos años. Erdogan ha mostrado poco respeto por la separación de poderes y su Ejecutivo se enfrenta claramente a los jueces laicos. Además, el AKP lleva muchos años ocupando el poder en muchos niveles administrativos y el clientelismo y la corrupción le están recortando apoyo popular. El estilo de gobierno de Erdogan, directo y firme, le ha sido muy útil en estos años de confrontación con los poderes establecidos, pero la mitad de la población que no ha votado al AKP y no es particularmente religiosa se siente, no ya ninguneada, sino incluso agredida por el poder.

Los años de prosperidad y clientelismo han creado una nueva burguesía islámica, con raíces en la Anatolia, que se enfrenta a la tradicional burguesía laica y occidentalizada de Estambul. Como corolario, el poder ha promovido una arquitectura nostálgica kitsch que se empeña en llenar Estambul de burdas réplicas de cemento de los extintos palacios otomanos. El denostado proyecto en el Parque Gezi, que fue uno de los orígenes de la protesta, quería reconstruir un antiguo cuartel militar decimonónico.

Pero ha sido la muy reciente prohibición de venta de alcohol a partir de las diez de la noche lo que ha desbordado la paciencia de los sectores laicos. El movimiento de la Plaza Taksim, ampliamente pacífico y democrático, ha expuesto la tendencia autoritaria de Erdogan, hasta el punto de generar una profunda división en su propio partido. Se anuncia, pues, una lucha interna por el poder, pero más allá del futuro del AKP, lo importante es que Turquía no se siga alejando del camino de democratización que había emprendido y para ello parece que la salida de Erdogan, que según se rumorea ve la mano de poderes extranjeros tras los manifestantes, va a ser una etapa necesaria.

La Unión Europea, al abrir la puerta a la adhesión de Turquía en 1999, favoreció enormemente la modernización y democratización del país. Pero esta política de exigencia de reformas económicas y democráticas a cambio de una futura adhesión, ardientemente promovida por Javier Solana, fue progresivamente anulada por la nueva generación de líderes, empezando por Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, ambos claramente opuestos a la adhesión. Al volver la espalda a Turquía, los líderes europeos cargan con parte de la responsabilidad de la islamización y crispación del régimen de Erdogan. En mi opinión, la UE debería recuperar el papel constructivo que tuvo en el pasado y no limitarse a críticas facilonas en conferencias de prensa para consumo interno.

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