Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 45)

Detalle del óleo 'La caridad' del pintor sevillano José Roldán (1808-1871). Detalle del óleo 'La caridad' del pintor sevillano José Roldán (1808-1871).

Detalle del óleo 'La caridad' del pintor sevillano José Roldán (1808-1871).

Después de que Mencía se marchara, Jacobo volvió a su despacho y se sentó en el sofá de cuero, derrengado. Así estuvo durante un rato, pensando y lamiéndose su herida como un animal.

Recordó entonces las palabras de la emperatriz a la condesa cuando oyó la voz de su hijo revivida en la fuente: “Teresa, llevé la pena por la muerte del príncipe en silencio hasta que leí esos versos de Shakespeare: dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe. Ahora, gracias a esta fuente, mi dolor no romperá mi corazón”.

“Tampoco este dolor romperá el mío. Buscaré el sonido que lo ahogue”, se dijo Jacobo.

Después se levantó y se dirigió al hotel.

Cuando se disponía a entrar, se encontró de pronto con ‘El Tabardillo’ que, nada más verlo, dio un respingo y lo empujó hacia la calle.

–Vamos, don Jacobo. Métale espuela al caballo que nos vamos de aquí. En el bar está Pepito Etiqueta, y está en su estado normal: con una pea encima que no se aguanta ni él. Y como ese malarate tiene tan mal vino, no vaya a ser que vuelva a tenerlas con usted y tengamos borrico caído.

–Tranquilo, Juan –respondió sonriendo Jacobo–. Yo le tengo tomada la medida al condesito, pero él también me la tiene tomada a mí. Ya verá como no se atreve.

–Sí, ya sé que los dos os tenéis bien calados el uno al otro; pero quien evita la tentación evita el pecado y…

–Vamos dentro, Juan –respondió Jacobo en un tono tan sereno que lo convenció–.

Nada más entrar Jacobo, el hijo del conde se separó de su amigo, el rubio transparente, y se dirigió a él, trastabillando.

–Hombre, marqués –le dijo– perdone lo del otro día. Ya sé que estuve poco afortunado al decir lo que dije, pero –como los chismosos van diciendo por ahí que lo de su marquesado es un camelo y lo de su riqueza, más– me dio por pensar que estaba usted riéndose también de mí y me dio coraje… Pero, vamos, la verdad es que después de lo que pasó me dije: “La gente habla mucho. Comenta que es mentira que sea rico, pero ha comprado por una fortuna la bodega de mi futuro suegro. Por qué, entonces, lo de su marquesado no va a ser verdad... Uno puede ir diciendo por ahí que es rico y si es mentira no pasa nada, pero presumir de marqués sin serlo es un delito. Seguro que este hombre tiene papeles que lo demuestren”. ¿Me equivoco, marqués?

–No, no se equivoca, pero yo no tengo que darle a usted explicaciones ni de mi fortuna ni de mi título. En cuanto a lo de “poco afortunado”, la expresión es demasiado suave, pero eso ya se lo hice ver el otro día. Así que hemos terminado, usted a sus cosas y yo a las mías.

–Eso, eso –medió ‘El Tabardillo’–. Cada mochuelo a su olivo. Conque, don Jacobo, vamos a tomarnos una copa.

El hijo del conde lo miró con resentimiento y le espetó:

–Tabardillo, siempre has sido un enano bufón, de esos que divertían a los reyes antiguos, pero ahora te has pasado. No harás ni un corretaje más con mi familia. Bastantes copas te has bebido a costa de nosotros.

–¿Enano yo, Pepito Etiqueta? ¡Y lo dices tú, que te tienes que empinar para beber de la canilla de una bota de la solera!... Ahora, lo que no te consiento es que digas que he bebido a costa de ti o de tu padre. Lo que me habéis pagado –por cierto, tarde y mal, igual que a este hotel y por eso le quitaron la habitación a tu padre–, me lo habéis pagado por mi trabajo. ¿Que no queréis trabajar más conmigo? Pues no me llaméis: aquí paz y después gloria. Pero eso lo dices tú, ya veremos lo que dice tu padre, que sabe que Juan ‘El Tabardillo’ conoce oportunidades que no conoce ningún corredor. Y no es ningún secreto que en eso de apretar al desesperado hasta quedarse con lo que tiene a precio de ganga es el número uno. Así ha hecho más de la mitad de su fortuna… Con eso y con la usura.

El hijo del conde se fue hacia él con los ojos encendidos de ira, pero Jacobo se interpuso diciendo:

–Ni se le ocurra. Y lo digo por su bien, para que su suegro no se enfade otra vez con usted. Ya lo hizo cuando se peleó conmigo diciendo que los caballeros solo deben tratar, incluso para partirse la cara, con caballeros. Si se vuelve a pelear con otro villano disgustará por segunda vez al marqués y, estando la boda con su hija tan cerca, no le conviene irritarlo tan a menudo.

–Gracias, don Jacobo –medió ‘El Tabardillo’–, pero no hace falta que me defienda. Como se acerque este borracho le doy un zurriagazo con el bastón que le despego hasta la etiqueta del mote.

El hijo del conde se dio media vuelta y se dirigió a la barra. Apuró de un trago la copa que le quedaba y dijo:

–Llénala, que estoy seco. Da mucha sed tratar con gentuza.

Jacobo no quiso responder, pero ‘El Tabardillo’ no pudo reprimirse:

–Vamos a otro sitio, don Jacobo, que el Pepito Etiqueta éste no tiene solución. De niño, era un imbécil y un inútil… Aunque también es verdad que con los años ha cambiado: ya no es niño.

Y, riéndose, salieron los dos del hotel.

Una vez ya en su casa, Jacobo subió a su habitación para cambiarse de ropa porque había quedado en visitar a don Rafael, y después tenía una cena con un almacenista de vinos.

Se aseó y se enfundó una levita gris marengo. Al salir, se topó con una mujer sentada en el escalón de la casapuerta. Llevaba un niño de pocos meses en sus brazos.

Más que gruesa, lucía la opulencia lustrosa de una jícara de chocolate, y gastaba la sonrisa obsequiosa y blanda de los mendigos.

Se dirigió a Jacobo:

–Una limosna, por Dios. Que de tanta hambre no tengo ni leche para mi niño.

Jacobo le dio un billete, mientras le decía:

–Compre lo que necesite en el almacén de la esquina y dígale al chicuco que va de parte de don Jacobo.

–Dios se lo pague.

Se había dado la vuelta Jacobo cuando escuchó:

–Señor, señor. ¿No tendría usted un trabajo para mí? No conozco este oficio de pedir limosna y me va muy mal porque las esquinas buenas ya tienen dueño. Mi marido tenía trabajo fijo, solo que dio un mal paso y está en la cárcel. Soy muy buena trabajadora y con la aljofifa en la mano no me gana nadie.Jacobo le pidió que entrara y llamó a Juana.

–A partir de mañana –le dijo–, los días que digas, vendrá esta mujer a ayudarte a limpiar la casa.Juana miró a la mujer y no dijo nada.

–Muchas gracias, señor. Dios lo ha puesto en mi camino –respondió la mujer en tono lastimoso–. Me llamo Josefa, aunque todo el mundo me conoce como ‘Pepa la del Puntillero’… Por el oficio de mi marido, ¿sabe usted?

Jacobo asintió amablemente y volvió a la calle.

Llegó tarde al despacho de don Rafael. El secretario lo hizo pasar. El abogado hablaba animadamente con otro hombre.

–Perdón, don Rafael. Un imprevisto me ha entretenido –se excusó Jacobo–.

–No importa. He ido ilustrando a don Gervasio del negocio que ha comprado usted.

Hizo una pausa y dijo:

–Don Jacobo, le presento a don Gervasio Henares. Es uno de los candidatos a llevar la dirección de la bodega. Según he leído en las cartas de recomendación que ha presentado, tiene una larga experiencia en el negocio del brandy.

Ambos hombres se dieron la mano.

Don Rafael empezó a preguntarle por detalles de su experiencia profesional, su formación académica y los idiomas que hablaba, pero también sobre cosas personales: familia, aficiones, gustos, conocimiento de gente…

Jacobo oía sus respuestas, satisfecho. Tenía la impresión de que era un hombre formal y que venía ya de vuelta de todo lo que tuviera que ver con el mundo del brandy y los vinos.

Cuando terminó la entrevista y, después de que el hombre se hubo marchado, dijo Jacobo:

–Por mí no hace falta que entreviste a más gente, don Rafael. Creo que este es nuestro hombre. Me ha dado la impresión de que sabe todo del negocio y de que es trabajador y honrado. ¿Para qué seguir buscando?

–Se ve que es usted persona de impresiones y que no le gusta perder el tiempo, don Jacobo. Ya me contó ‘El Tabardillo’ cómo fue la compra de su casa…Yo no soy así, pero creo que, por lo menos en el caso de este hombre, tiene usted razón. Es difícil que encontremos un director mejor. Le diré a mi secretario que anule las citas que tenía concertadas con otros candidatos.

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