Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 51)

Coches de caballos de alquiler en una calle. Óleo del pintor estadounidense Childe F. Hassam (1887). Coches de caballos de alquiler en una calle. Óleo del pintor estadounidense Childe F. Hassam (1887).

Coches de caballos de alquiler en una calle. Óleo del pintor estadounidense Childe F. Hassam (1887).

Había transcurrido ya poco más de una semana desde el día en que se celebró aquella vista en la que el juez acordó dejar libre a Jacobo hasta la celebración del juicio.

Estaba don Rafael almorzando en su casa cuando entró su secretario en el comedor para decirle que acababa de cruzarse con ‘El Tabardillo’, junto a la estación del ferrocarril.

El abogado se levantó enseguida, a pesar de que no había terminado la comida. Se enfundó la levita, avisó a su cochero y le ordenó:

–A casa de don Tabardillo.

Advirtiendo el desatino de aquella indicación, don Rafael corrigió:

–Don Juan Aragón, quiero decir.

El cochero sonrió y avivó al caballo con un chasquido de su lengua.

Las calles estaban desiertas y hacía un calor tremendo.

Un ratito después, la criada del corredor le avisaba de que don Rafael estaba en la puerta. Como eran cerca de las cuatro de la tarde, se alarmó. Era hora de siesta, no de visitas… Y menos, de una visita de alguien tan considerado como el abogado.

–¿Qué pasa, don Rafael? –preguntó– ¿Qué es tan urgente?

El abogado le explicó la situación de Jacobo y, conforme avanzaba el relato, ‘El Tabardillo’ fue componiendo un gesto de preocupación.

–¿Tenemos que encontrar el coche que llevó a la gorda esa que trabaja para don Jacobo? –respondió ‘El Tabardillo’–. Es como buscar una aguja en un pajar, porque hay más de cien coches de alquiler en la ciudad y, de ellos, no creo que sean más de diez los que tienen la caja pintada de un color que no sea el rojo.

–Ya lo sé, Tabardillo. Precisamente por ello no podemos perder ni un segundo. Y ya hemos agotado una semana del plazo que tenemos hasta el día señalado para el juicio. Sé la hora que es, pero haz el favor de ir a ver a don Gervasio a su casa para que te cuente lo que ha ideado. Yo no puedo acompañarte porque tengo que firmar una escritura inaplazable… Iremos en mi coche. Me quedo en el notario y tú sigues.

Andalucía. Julio. Viento de levante en calma. Las cuatro de la tarde… Quien no conoce el resultado que produce la mezcla de estos cuatro elementos no sabe lo que son la luz y el calor. Ni, mucho menos, lo que es el silencio.

El silencio que la mayoría de la gente conoce es el silencio negativo, de inhibición y ausencia, compañero de la noche solitaria. Sin embargo, nada tiene que ver este silencio con el silencio de la siesta en verano, en Andalucía. Solo quienes lo han vivido alguna vez conocen lo que es el silencio positivo, un silencio producido a fuerza de luz y de vida.

El silencio de la noche no es verdadero silencio, porque durante la noche las cosas están como muertas; durante el pleno día andaluz, en cambio, a las cuatro de la tarde, todo está absolutamente vivo. Las cosas no están como muertas, sino verdaderamente calladas.

Era justamente esa hora cuando los cascos de los caballos del coche de don Rafael golpeaban el adoquinado de las calles, interpretando una salmodia cansina. El único signo de vida que encontraron durante el paseo fue un gato, lento y perezoso, que cruzó la calle con el lomo enarcado, mirando retadoramente a los caballos, como si quisiera citarlos a duelo para lavar la ofensa de haberlo despertado de su sueño.

Una media hora más tarde –después de dejar al abogado en la notaría– el cochero paró ante la casa de don Gervasio. Nada más anunciarse ‘El Tabardillo’, don Gervasio le hizo pasar a su despacho para explicarle el plan que había ido pergeñando durante esos días que él había estado en la sierra.

La casa era un oasis de frescura en aquel desierto de fuera. Olía a humedad de cántaro.

Don Gervasio iba en mangas de camisa. El pelo de las sienes le brillaba de mojado. ‘El Tabardillo’ supuso que lo había despertado de la siesta.

Sirvió dos vasos de agua de una jarra de cristal colocada en una mesita. Dio un largo trago al suyo y dijo:

–Qué calor… Le cuento: después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que el mejor modo de encontrar a la sirvienta de don Jacobo consiste en interrogar a los cocheros, no en función de la parada que les corresponde, sino atendiendo a la matrícula de sus coches. Y es que no sería extraño que mientras estamos hablando con uno, otro se marche a prestar un servicio y vuelva después de que nos hayamos marchado, con lo que ya no podríamos interrogarle.

–Sí, en eso tiene usted más razón que el Papa –respondió ‘El Tabardillo’ –.

–Lo primero –siguió don Gervasio–, sin embargo, es que vayamos mañana a primera hora al ayuntamiento para que nos entreguen una relación de todas las matrículas de los coches de alquiler de la ciudad. Hablé hace unos días con un funcionario amigo mío y la tiene ya preparada. Una vez en nuestro poder, iremos, parada por parada, entrevistando a los cocheros y tachando la matrícula de su coche. Así hasta haber hablado con todos. Será un trabajo cansino, pero es la única manera de que no se nos escape el que condujo a esa mujer hasta su casa.

–Sí, desde luego que será un trabajo pesado –ratificó ‘El Tabardillo’–, pero a mí no se me ocurre una idea mejor.

A las ocho de la mañana del día siguiente se presentaron ambos en la oficina municipal de circulación y recogieron la relación de matrículas de las calesas de la ciudad, dispuestos a iniciar su investigación.

–Lo lógico –reflexionó ‘El Tabardillo’– es que esa ratera alquilara uno de los coches que tiene parada en la plaza de las Jacarandas, porque es la más cercana a la casa de don Jacobo.

–Eso mismo había pensado yo. Por ella empezaremos –contestó don Gervasio–.

Llegaron a la parada y comenzaron a entrevistar a cada uno de los cocheros que allí estaban, cuya calesa tenía la caja pintada de rojo. El interrogatorio no fue fácil porque los caleseros recelaban al principio. Afortunadamente, todos conocían a ‘El Tabardillo’ y respondieron a las preguntas.

Ninguno de los que entrevistaron ese día, sin embargo, pudo darles razón de aquella mujer. Don Gervasio y ‘El Tabardillo’ se sentían desalentados porque el procedimiento resultaba más lento de lo que habían calculado, ya que había ratos en que la parada estaba vacía de coches. Durante toda la jornada habían hablado solo con quince. Les quedaban más de cien.

–Esto va a ser más complicado de lo que parecía –reflexionó don Gervasio–.

–Tiene usted razón –contestó ‘El Tabardillo’–, pero don Jacobo se merece las fatiguitas que vamos a pasar para encontrar a ese cochero.

Cuando, por la tarde, informaron a don Rafael del escaso fruto de todo un día de trabajo, les alentó a no cejar: “La suerte de don Jacobo está en nuestras manos”, les dijo.

–Ya lo sabemos –respondió ‘El Tabardillo’–. No se apure usted que, aunque esa guasaviva se esconda debajo de la tierra, don Gervasio y yo daremos con ella.

–En cualquier caso, nos quedan todavía dos semanas para el juicio –replicó don Rafael para animarlos–.

Al día siguiente volvieron a iniciar la búsqueda, pero el resultado fue igual de negativo.

Iban así transcurriendo los días y no habían encontrado pista alguna de aquella mujer. Todos los cocheros coincidían en que si hubieran sido ellos quienes la hubieran llevado hasta su casa no les habría pasado desapercibido un gran paquete: “Lo primero que hace un cochero es fijarse en lo que carga un cliente, porque se cobra cinco céntimos más por bulto; diez, si es grande”, repitieron varios.

Al término de cada jornada, don Gervasio y ‘El Tabardillo’ seguían dando cuenta a don Rafael del resultado de su investigación. Cada vez veían más agobiado al abogado por la falta de fruto del enorme esfuerzo de aquellos dos colaboradores suyos, tan entregados. Procuraba ofrecerles palabras de aliento, pero ellos notaban que él estaba tan desanimado como ellos.

Y es que sus gestiones con la embajada tampoco se habían resuelto como esperaba.

No podía comprender cómo era posible que no hubiera recibido aún la copia testimoniada del decreto de concesión del título a Jacobo. Más aún cuando, pocos días después de que hubiera remitido la solicitud a través del consulado, había recibido una comunicación, escrita de su puño y letra por el propio barón von Poznamslic, en la que le indicaba que ya había dado órdenes para que se fuera preparando el documento.

Por ello, desde hacía una semana, se había personado cada mañana en el servicio Postal de Correos y Telégrafos de la ciudad y el funcionario insistía en que allí no se había recibido carta de ninguna embajada dirigida a su nombre.

Don Rafael andaba muy preocupado porque ese documento era esencial para su defensa.

Faltaban dos días para el juicio, cuando, muy nervioso, decidió mandar un telegrama personal al barón von Poznamslic, dándole cuenta de la demora.

La contestación le llegó por el mismo medio al día siguiente. En ella le decía que en el registro de salida de documentos de la embajada constaba que el certificado había salido cinco días después de la recepción de la solicitud.

Aquella situación le resultaba inverosímil y decidió que debía comunicársela a Jacobo, a quien mantenía ajeno, para que no lo atenazaran los nervios… que era justo lo que le estaba pasando a él.

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