Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 17)

Grabado que muestra una banda de músicos gitanos hacia 1800, tocando dos violines, un violonchelo y el cimbalon (Biblioteca Nacional Széchenyi). Grabado que muestra una banda de músicos gitanos hacia 1800, tocando dos violines, un violonchelo y el cimbalon (Biblioteca Nacional Széchenyi).

Grabado que muestra una banda de músicos gitanos hacia 1800, tocando dos violines, un violonchelo y el cimbalon (Biblioteca Nacional Széchenyi).

Durante dos semanas el estudio de Farinelli se convirtió en un laboratorio en el que florecían todos los sentimientos y las pasiones humanas.

Tal como estaba planeado, después de cada pieza musical los discípulos expresaban el sentimiento que les había producido y el momento en que había sido más intenso. Cualquier sugerencia se recogía y al día siguiente se probaba para ver si había perfeccionado o no la composición.

Peruggia no cesaba de tomar notas, pedir aclaraciones y hacer continuas preguntas a aquellos estudiantes de música a quienes había convertido en sus pacientes.

El caso es que después de ese tiempo de meticuloso trabajo, Jacobo pudo exhibir unas composiciones que guardaban el prodigio de llevar la paz al atormentado, la alegría al triste, el sosiego al colérico…

El más sorprendente logro de aquel experimento fue, sin embargo, el que produjo en uno de los discípulos del que andaba enamoriscada una de las jóvenes criadas de la casa, aunque él no le correspondía.

El maestro se puso al piano, mandó llamar a la criada, sentándola junto al discípulo, y comenzó a interpretar la partitura titulada “Amor”. Todavía estaba la composición en su mitad, cuando los dos jóvenes se dedicaban dulces miradas.

El éxito del experimento, sin embargo, no fue completo, porque en cuanto acabó la melodía la muchacha seguía con la misma mirada de cordero, pero él había vuelto a las risas con sus compañeros y no volvió a mirarla más.

Lo siguiente era llevar aquellas melodías a las fuentes. El maestro decidió experimentar con la de las garzas. Después de que Jacobo hiciera el diseño de las piezas, se encargó a Ferretti la elaboración del ingenio de aluminio.

Para no cometer el mismo error que en la fuente del patio porticado, Jacobo decidió que se abrieran los orificios hacia fuera, evitando así tener que introducirse en la fuente para interpretar partituras.Una vez terminada, Ferretti transportó la estructura hasta la casa del maestro y la instaló siguiendo las indicaciones de Jacobo.

Jacobo abrió la válvula del agua y, nada más ver que el líquido escapaba por los orificios del ingenio, comenzó a manipularlos hasta extraer de ellos una música que llenó de melancolía el corazón de quienes allí estaban. Y es que había querido inaugurar su descubrimiento forzando en ellos ese sentimiento, que era también el que llenaba últimamente el suyo, pues no paraba de acordarse de Mencía.

A la mañana siguiente, Farinelli comunicó a sus alumnos que no podría impartir sus clases durante dos semanas porque tenía que viajar hasta Hungría.

Con mal disimulada vanidad, les contó que el poderoso conde húngaro Férenc Veszprém-Kaposvár lo había contratado para que ofreciera en su palacio un concierto de piano, en el que interpretaría czardas compuestas para la ocasión por Mihaly Mosonyi.

Leonardo, otro de los discípulos de Farinelli, preguntó:

–Czarda... Me suena, ¿qué es, maestro?

–Eres un ignorante, Leonardo –le respondió–. Es una danza creada por los zíngaros, los gitanos de Hungría. Liszt, Brahms o Strauss las han utilizado en sus composiciones.

–Los zíngaros –repitió Jacobo–. También los gitanos españoles han influido mucho en la música más típicamente española, el flamenco.

–Ya lo sabía –respondió Farinelli–. Tu marqués es muy aficionado al flamenco… Y más todavía, a las flamencas.

Soltó otras de sus risotadas infernales, pero a Jacobo no le hizo gracia aquel “tu marqués”.

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