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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 12. Parte I)

Boceto del pintor Joaquín Sorolla de vendimiadoras en Jerez pintado en 1914. Boceto del pintor Joaquín Sorolla de vendimiadoras en Jerez pintado en 1914.

Boceto del pintor Joaquín Sorolla de vendimiadoras en Jerez pintado en 1914.

Mientras Jacobo aprendía música en Roma y perfeccionaba sus investigaciones sobre las fuentes, Mencía se dedicaba a conocer todos los entresijos del negocio que un día heredaría.

Era costumbre en la zona que los grandes bodegueros asignaran a sus hijos, cuando consideraban que habían alcanzado la madurez y conocimiento del negocio suficientes, destinos distintos. Lo corriente era que el mayor quedara en la sede principal de la empresa, aprendiendo del padre y de los responsables de cada departamento las técnicas de dirección; mientras el segundo se trasladara al país al que más se exportaran los vinos, con el fin de consolidar y ampliar la clientela.

Se consideraba a los clientes el activo más importante de la Casa (eufemismo que comúnmente se usaba en la zona para referirse al negocio); precisamente por eso, la relación y el trato –lo que hoy llamaríamos las relaciones públicas– con los más importantes se encomendaba al hijo del propietario. Los comerciales –meros empleados, aunque de alta consideración por los dueños– se ocupaban de rematar los tratos con los clientes importantes iniciados por aquél, relacionarse con otros menores o de asegurar el suministro en las condiciones y plazos convenidos con la clientela.

Puesto que el país de mayor exportación de los vinos de la zona solía ser Inglaterra, una exquisita educación y un dominio perfecto del inglés eran condiciones esenciales para garantizar la buena marcha del negocio. De ahí que fuera común en la ciudad que los bodegueros encomendaran a acreditados preceptores y a nannies provistas de cartas de recomendación de familias inglesas principales la formación de sus hijos.

Ya mayores, puesto que esos hijos tenían una educación similar, el éxito del negocio dependía del talento de cada uno para vender los vinos de su bodega. Había sin embargo una norma no escrita: el prestigio de una marca debía alcanzarse sin desacreditar al resto, ya que por aquel entonces se consideraba que poner en duda la calidad del vino de una bodega de la zona suponía desprestigiar a todo el producido en ella.

Fue el hijo del barón de Liérganes quien ideó una estrategia de venta que, ante su gran éxito, imitaron el resto de los vendedores. Don Asís de Pavón, que así se llamaba, tenía la costumbre de entrar, elegantemente vestido, en un pub de Londres o de cualquier ciudad inglesa; saludaba cortésmente a los presentes, mientras se sentaba en cualquiera de los taburetes de la barra. Ya aposentado, cuando el dueño o encargado se dirigía a él para preguntarle qué deseaba, don Asís contestaba con una sonrisa: “sherry, of course”.

Una vez servido, se llevaba la copa a la nariz, aspirando profundamente; giraba el vino con un golpe seco, volvía a aspirarlo y solo entonces lo probaba. Todo aquel ritual, terminaba invariablemente con la misma frase pronunciada en un elegante inglés:

–Espléndido… como todos los sherry. Pero tenemos uno en la bodega que, después de probarlo, ninguno de sus clientes querrá que le sirva otra marca. Haga el favor de poner dos vasos, uno para usted y otro para mí.

Mientras el camarero se hacía con los vasos, él se abría la levita y dejaba ver una especie de canana que, en lugar de cartuchos, contenía pequeños frascos rellenos con sus vinos. Sacaba uno de ellos y, mientras vertía su contenido en los vasos, iniciaba una conversación sobre cualquier tema de actualidad. Al fin, una vez que, tanto su interlocutor como él, habían apurado el vino cambiaba el tema de la charla para decir en tono amistoso a su interlocutor:

–Si le ha gustado, la semana que viene le mando media arroba de este mismo vino. Cuando la venda, me la paga.

Nadie discutió nunca –la marcha del negocio del barón de Liérganes lo demostraba– el acierto de esta estrategia de ventas. De ahí que –como hemos dicho antes–, con pequeñas variaciones, todos la imitaban. El caso de Mencía era distinto porque era hija única. Por supuesto, su educación era exquisita, pero a su padre ni por un momento se le pasó por la cabeza mandarla a Inglaterra. Y menos a tratar de cosas del negocio. No por nada, sino porque para él los tratos con los clientes eran cosa solo de hombres.No se trataba tanto de un prejuicio del marqués, como de la sociedad en la que vivía. Las virtudes de la mujer, por aquel entonces, eran siempre abstractas: sensibilidad, intuición, pudor, resignación ante el dolor, abnegación, religiosidad…

Incluso el elocuente, aunque insoportablemente pedante, padre Estudillo, desde su púlpito de la iglesia de San Marcos, cuya misa de doce solía congregar a toda la aristocracia de la ciudad, repetía en sus homilías:

–La virtud es cosa del varón, porque virtud procede etimológicamente del latín vir, que significa hombre; pero lo que llamamos prendas, como sinónimo de cualidades, son inherentes a la mujer.

Cuando veía fruncir el ceño a muchas mujeres, él sonreía con condescendencia y proseguía su razonamiento:

–Y la mayor prenda de una mujer se halla en la ternura. Es más, estoy persuadido de que la ternura es una cualidad ex-clu-si-va-men-te (y lo pronunciaba así, demorándose en cada sílaba) femenina. Y no recurro ahora al latín, sino al hebreo. Rejem, significa en la lengua que usaba nuestra Madre del Cielo “seno materno”, y su plural, rajamia, se usa para decir ternura. Solo, por tanto, quien tiene seno materno puede propiamente sentir ternura. ¿Veis, hermanos, cómo tengo razón en lo que digo?

La verdad es que se daba cuenta de que muy pocos de los fieles habían sido capaces de seguir aquel razonamiento, pero él no se amilanaba. Asentía repetidamente con la cabeza y seguía con lo suyo:

–Pero voy más allá. Este mismo argumento etimológico que me sirve para afirmar que ex-clu-si-va-men-te la mujer es capaz de sentir verdadera ternura, me vale también para sostener que la auténtica misericordia es patrimonio exclusivo del alma femenina, porque ese sustantivo, rejem, procede a su vez del verbo raján, que significa enternecerse, ser misericordioso, sentir conmiseración; por tanto, nada más que las mujeres conocen lo que significa de verdad compadecerse. ¿O no fue la madre, y no el padre, de nuestro señor Jesucristo quién le indujo a hacer su primer milagro, solo porque sintió compasión de los novios de Caná, a quienes se les había acabado el vino que ofrecer a sus invitados?

Abandonaba entonces el púlpito escondiendo su satisfacción tras un gesto grave. Bajaba los escalones muy despacio, no tanto por evitar un traspié como por no hurtar ni un segundo a la admiración de sus feligreses. Y es que estaba plenamente convencido de que la gran mayoría de estos, incapaces de seguir los razonamientos que acababa de exponer, se sentían pasmados ante la inteligencia y el saber de su párroco. Imbuido de estas ideas, el marqués pidió a Mencía que su aprendizaje de los secretos del negocio empezara por la bodega, pero ella le contestó que prefería conocer antes todo lo relacionado con la viña. El marqués no vio inconveniente alguno en ello y aceptó.

La realidad, sin embargo, es que a Mencía apenas le interesaba nada de la bodega.

La viña en cambio, sí. Tenía como el mayor tesoro de su memoria infantil las charlas con su abuelo en el jardín. Recordaba su pasmo cuando le contaba, por ejemplo, que las flores también padecen fiebre, elevándose su temperatura sobre la de la atmósfera y haciéndose su respiración más viva y acongojada que la del resto de la planta.

Sin embargo, ninguna de sus historias le impresionó tanto como la de aquel día en que, paseando por los entreliños de la viña, su abuelo bajó el tono para contarle, como un secreto maravilloso que, aunque las cepas parecen dormidas en su madera agarrotada, sus raíces se entienden y se tocan bajo la tierra. Desde entonces, a cada dos por tres, aquella Mencía niña pegaba la oreja a la tierra por si en un momento de indiscreción las raíces le descubrían el misterio de cómo la savia se convierte en vino.

Desde que era una adolescente, siempre que Mencía oía a su padre charlar con sus amigos vinateros acudía a sentarse discretamente entre ellos. Su padre se llenaba de orgullo viendo cómo sus amigos se sorprendían del interés de aquella muchacha por el campo, que tenían como oficio de hombres.

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