UN funeral presidido por los Reyes de España y el acto de entrega de condecoraciones a los heridos que ha unido a las asociaciones de víctimas enfrentadas en el pasado, han servido para conmemorar oficialmente el décimo aniversario del 11-M. Fue el atentado terrorista más brutal y sanguinario que se recuerda en Europa en tiempos de paz. Además de causar la muerte de 192 inocentes y heridas a más de 1.500, llevando a sus familias y amigos un dolor inacabable, las bombas en los trenes de Cercanías de Madrid sobrecogieron a la sociedad española y la fracturaron en una espiral de reacciones e interpretaciones que sólo a duras penas han ido cicatrizando. El tradicional cainismo de la política española y la coincidencia de la tragedia con unas vísperas electorales dieron pie a versiones encontradas acerca del origen del atentado, sus motivaciones e incluso sus protagonistas, abriendo paso a teorías conspirativas que trataron de vincularlo a la participación de España en la guerra de Bush contra Iraq o, en el lado de enfrente, a una operación de ETA en connivencia con policías, jueces, servicios secretos e incluso la oposición política de entonces, encaminada a provocar un cambio rupturista de Gobierno que las urnas sólo se encargarían de refrendar. La investigación policial y judicial se encargó de demostrar, aun con todos los flecos pendientes propios de un suceso de esta envergadura, que el 11-M, como anteriormente el 11-S que golpeó en Estados Unidos, fue organizado y perpetrado por el terrorismo yihadista, es decir, por Al Qaeda y las franquicias con las que suele actuar a falta de una dirección centralizada. La mayor parte de los culpables se autoinmolaron en un piso de Leganés cuando iban a ser detenidos, otros fueron juzgados y condenados y es posible que algunos implicados más hayan rehuido la acción de la Justicia. Pero en términos históricos el 11-S ha sido esclarecido en lo fundamental. La sociedad española, que había menospreciado la gravedad de la amenaza del terror de inspiración islamista, ha terminado digiriendo la trascendencia del 11-M. Ahora somos más conscientes de que constituimos un objetivo preferente del yihadismo fanático, más dispuestos a la solidaridad con las víctimas y con el deber de recordarlas siempre y ayudar a los supervivientes y más vigilantes ante un fenómeno de irracionalidad criminal que nos sigue acechando. Interior mantiene activo el nivel 2 de alerta que define un "riesgo probable" de atentados de esta raíz en territorio español. Pero hoy, diez años después, hemos construido un dispositivo antiterrorista más numeroso, formado, sólido y diligente. Y una sociedad más lúcida y serena.

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