Envío
Rafael Sánchez Saus
Venezuela y la lección de Irak
Hoy, día siete de enero, ya habrán recibido ustedes sus regalos. Algunos, muy por encima de nuestros merecimientos; otros, con la parva modestia que el mundo les obsequia. A mi edad, uno sabe que el verdadero regalo son los reyes mismos, su misterio generoso y errante, que ha cruzado nocturnos arenales, bajo el cielo promisorio y frío del invierno, siguiendo el curso de una estrella. Según hemos podido leer en Muy Interesante, la estrella de Belén pudo ser un cometa, el cual aparecería como en suspenso, durante unas horas, sobre la tierra de Judea, debido a un efecto gravitatorio. Así lo representa Giotto a primeros del siglo XIV; y así lo vuelve a imaginar un estudio del Journal of the British Astronomical Association, que extrae dicha suposición de una crónica china del siglo 5 a.C., donde se menciona un cometa que pudo comportarse como lo describe Mateo: “...la estrella que habían visto en oriente los guió hasta que llegó y se paró encima de donde estaba el niño”.
El autor de la hipótesis, Mark Matney, no afirma que aquella fuera la estrella de Belén. Pero sí que cumple con el extraño requisito de su inmovilidad. Nos hallamos aquí en territorio de Montaigne, cuando afirmaba que las razones humanas no son suficientes –pero sí bienvenidas– para justificar la fe. El hecho de este viejo cometa, consignado por los estrelleros chinos, no hace sino arrojar nuevas preguntas sobre aquel emisario celeste. ¿Cuál era su color? ¿Qué periodo tenía? ¿Ha vuelto a visitarnos o siguió camino hacia la árida profundidad del cosmos? Según es sabido, los magos del Oriente, cuyo número no se dice, pero se supone por las ofrendas entregadas: oro, incienso y mirra, eran tres sabios de la antigüedad, zoroástricos acaso, que representaban las tres partes del orbe, las tres edades del hombre y las tres razas, blanca, oriental y negra, que señoreaban Europa, África y el Asia. Alguna vez he contado aquí que Marco Polo vio sus tumbas en Persia, cubiertas con por sendos cupulines. Es, sin embargo, este vivo y nocturno resumen del mundo: tres razas, tres continentes, tres edades, en pos de una estrella inesperada y remota, lo que nos parece particularmente sugestivo. Se trata, nada menos, que del orbe antiguo y su arcana sabiduría, rindiendo solemne tributo al frágil nacimiento de lo nuevo.
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