Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Opinadores, bocazas y silencios

Son tiempos de asepsia hidrogélica, y, sin embargo, no he encontrado ningún producto de fumigación verbal. Los escuchadores de radio asistimos asiduamente por vía de Eustaquio -no confundir con Falopio- a voces insólitas, omnipresentes en todos los medios, reconocibles y reconocidas, a quienes se les atribuye el honor de ser creadores de opinión. Diariamente asistimos a sus palabras definitivas y aclaratorias. Saben de todo, del hilo al pabilo, y con una humildad clandestina explican casi todo lo que ignoran. Son ‘todo-palabra’, bocazas en castizo, que pontifican más que el papa, por ser, o presentarse, como doctos descubridores de continentes con hueros contenidos. No dudan nada - ¡pobre Descartes! - y con fabla prosopopéyica ‘deponen’ su censura, su condena y su saber, como si se tratara de una palabra concluyente y escatológica. Tanto y tan a menudo aparecen en debates y tertulias, que ya son fantasmas, como sombras espectrales por los rincones de la casa. Recuerdan mucho a los vendedores ambulantes que con sus megafonías estridentes paseaban por las calles ofertando productos frescos de la huerta - ¡oiga señora…nabos, tomates… ¡a duro el kilo de habas...! - y continuaban su camino. Ahora con sus caras serias y alegatos infalibles, de cualquier tema, se les supone una sabiduría impostada e infausta. No reconocen su ignorancia, ni siquiera la humildad del no saber socrático, que les daría cierta credibilidad; al contrario, son estrellas solicitadas, invitadas y halagadas. Siempre me he preguntado ¿de dónde sacarán tanta sofía? ¿cuándo tienen tiempo para cavilar, estudiar o leer?... Con tanta verborrea incontinente ya deberían haber inventado unos pañales para la boca… Hablan de los misterios arcanos como si fueran intérpretes sacerdotales del mismísimo dios Atón.

Recomendaría que se fuesen al desierto -a los quintos infiernos mandaba mi abuela a sus ínclitos enemigos- y allí reconsiderasen su verbo. Porque para hablar se necesita tiempo, y ellos sólo tienen tiempo para hablar. Hay veces que es aconsejable dejar de debatir, polemizar y cabrear. El opinador excesivo crea hartazgo y náusea…Desgraciadamente todo está bajo el manto protector y resplandeciente de la pasarela y la publicidad engañosa (porque la hay buena). Y esto lo estamos padeciendo los ciudadanos con la política de baja estofa, con la sociología de estadísticas manipuladas, con el sexo, la economía y el deporte… El colmo se da -por si lo anterior no fuese el acabose- cuando entramos en religión, cofradías y creencias. También aquí surgen las pasarelas de religión folclórica, también aquí emergen los creadores de opinión, donde se opina con la verdad, por supuesto, de la Verdad misma. Se pasa de lo temporal a lo Trascendente, y viceversa, con la misma jactancia incontinente que si estuviésemos hablando de un plato de lentejas, tan propensas estas a la venta de la primogenitura. La confusión de planos y papeles, el exhibicionismo incontinente y la mala baba juega aquí un deplorable culto a la personalidad, casi siempre más cercano a la importancia del número de suscriptores (influencer) que a la verdad misma que se intenta -otro enmascaramiento- defender. El acontecimiento más importante de la fe se convierte en cháchara, rugido de ratón, crítica y opinión libre, libre opinión, opinión personal, personal opinión… y publicidad (por supuesto de la buena: Ad Maiorem Dei Gloriam).

Sería de buen gusto reencontrar el deleite por la modestia y la palabra verdadera, sin tantas apariciones y exhibicionismo, con más bodega y menos escaparate. Creo que la pandemia nos va a venir bien para entrar un poco en el desierto de la palabrería. Algo de recato y mesura opinadora les vendrá bien a nuestras cofradías, nos vendrá bien a todos. Porque la distancia nos ofrece la perspectiva y la discreción; el silencio nos llevará a consensos verdaderos; la falta de ostentación nos ayudará a rescatar, de los aplausos y lo perecedero, la verdad de lo que estamos celebrando. Este año no tendremos éxito ni reflectores, porque todo será discreción, medida y reserva. Quizá consigamos el sentido del límite, menos humos, y digamos con silencios la mejor palabra que se pueda decir. Hay veces que no hay nada que declarar, nada que decir, ninguna lección que dar. Y qué gran lección cuando nos quitamos un poquito de en medio…

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