Hablando en el desierto

Francisco Bejarano

Los malos

La dificultad de saber quiénes son los malos hoy en una guerra da trabajo. Hay que leer libros, ver documentales, oír opiniones con crédito, estudiar el asunto con detenimiento y, al fin, sacar conclusiones. No estaremos seguros de acertar, sobre todo en las guerras tribales africanas y en las no declaradas de Irak o Afganistán. La duración de la de Siria le ha dado categoría de misterio, lo mismo que la división de Ucrania, de preguerra civil, lo que ha impedido de momento elegir bando. Por tal desconcierto, unas veces vemos a los malos en un lado y otras en el contrario. "Uno también tiene sus sentimientos sin explicación. Tarde o temprano tendremos que tomar partido, si queremos seguir siendo humanos", dice el periodista cínico de El americano impasible.

Los sentimientos humanos sin explicación nos ponen en riesgo de elegir el bando equivocado. Así pasó en la guerra de los bóeres. La Europa moderna y progresista se manifestó a su favor en las grandes ciudades. Los gobiernos hacían declaraciones en el mismo sentido y enviaban ayuda en dinero y material para los pobres campesinos blancos del Transvaal. Algunas voces de prestigio advirtieron del error: eran integristas luteranos, fanáticos a lo Calvino, racistas, fundadores del apartheid y futuros carceleros del santo laico Mandela; pero en aquel momento convenía fastidiar a Inglaterra, el otro bando de la guerra, y la política de los gobiernos buscó las explicaciones de los sentimientos sin explicación: ser civilizado y humanitario, moderno y progresista era estar de parte de los bóeres. Cuando no hizo falta humillar al imperio británico, los progresistas se pusieron en bloque del lado de Mandela.

En cuanto a la maldad, no hay que andarse con escrúpulos: la encontraremos refinada en cualquiera de las partes contendientes. Si la conciencia nos protesta, ahí están los argumentos morales del grupo terrorista que elijamos para tranquilizarnos y volvernos del revés nuestro concepto del mal. No se apartan demasiado de la ideología nazi, salvo en el fin del mal convertido en bien, o del mal necesario que desembocará en un bien. El hombre es muy inteligente y sabe proponer argumentos para lo más inverosímil e indefendible que se nos ocurra. Prospera hoy una idea beneficiosa para los países en paz: dejar que los que estén en guerra se maten entre sí y, al cabo, negociar con los vencedores. Es un mal, pero con el tiempo lo juzgaremos como un bien.

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