La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La mirada del Gran Poder

Mesa esculpió este cuerpo poderoso como trono de una mirada devastada que todo lo comprende y comparte

Aquí estamos, Señor del Gran Poder, otro año, otro seis de enero, agravadas las habituales dificultades de la vida tras dos años de pandemia que han puesto dramáticamente de relieve nuestra fragilidad. Pero aquí estamos, como quienes nos precedieron estuvieron ante ti en tiempos de guerras, persecuciones, epidemias y miserias. Sin pedirte nada más que a ti mismo, porque la devoción que suscitas es adulta, realista y recia. No es la milagrería la que nos trae ante ti, tan cansados como tú, tan vencidos como tú, cada uno apurando su propio cáliz, vacilante el paso y doblegada la espalda por el peso de su propia cruz, sino tú, única meta, único camino, única verdad, única vida.

Con nuestras cruces acudimos ante ti y cargando con ellas salimos de tu Basílica, pero bendecidas. Porque con la tuya llevaste y llevas las nuestras. Porque tras tu resurrección conservaste en tu cuerpo glorioso las heridas de los pies, las manos y el costado, incorporando para siempre el dolor de los hombres a tu propia esencia divina. Hombre y Dios para siempre. Crucificado y resucitado para siempre. Porque si todo hubiera acabado en la cruz, vana sería nuestra fe. Pero si la resurrección hubiera borrado la memoria de tu angustia y las marcas de tu muerte, y con ellas tu humanidad, vana sería nuestra esperanza. Tú sabes, tú conoces, tú sientes como nosotros, Señor del Gran Poder, tan Dios, tan hombre.

Dicen quienes nada de esto saben que la religión es fruto del miedo a la muerte, refugio de cobardes que no quieren o pueden afrontar la vida como es. Será que nunca han ido a San Lorenzo, nunca han visto las mudas oraciones que allí rezan los ojos, nunca han visto salir de la Basílica cargados con sus cruces a quienes con ellas entraron, nunca han visto cuánta tristeza comprensiva y misericordiosa hay en la mirada del Señor, nunca han comprendido que es en ella, no en su imponente figura, donde está su poder. Cualquier gran imaginero puede esculpir un cuerpo perfecto. Solo Mesa fue capaz de esculpir este cuerpo poderoso como trono de una mirada devastada que todo lo comprende. Es en su mirada, no sobre su espalda, donde más le pesan las cruces de nuestros dolores que él comparte, asumiendo, comprendiendo, acompañando y con ello bendiciendo nuestra tristeza, nuestro miedo, nuestra angustia y nuestro desamparo. Espejos del alma de misericordia de Dios son los ojos del Gran Poder.

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