La esquina

josé / aguilar

Hay pactos y pactos

LOS partidos políticos mantienen una curiosa relación con los pactos: siempre son buenos los que firman ellos mismos y malos los que firman sus adversarios. A estos últimos se les moteja frecuentemente como pactos anti-natura por sumar fuerzas ideológicamente diferentes, e incluso contrapuestas. Yo creo que los únicos pactos anti-natura son los que un partido democrático suscribe, por pura codicia de poder, con un partido cuyo objetivo último es destruir la democracia (sería el caso de Bildu).

De modo que no hay que asustarse por la actual multiplicidad y heterogeneidad de pactos municipales, consecuencia directa e inevitable de la pérdida de anteriores mayorías absolutas. Veámoslos, pues, con normalidad. Los alcaldes que serán elegidos mañana mediante pactos son legítimos. Dicho todo lo cual, añadamos que algunos presentan características que les hacen perder parte de esa legitimidad y, sobre todo, los hacen inconvenientes para la vida política local y perjudiciales para los ciudadanos.

En esta categoría debe ingresar todo pacto concebido como frente de muchos contra un partido democrático que, aun sin mayoría absoluta, haya goleado a todos los demás en las urnas, quedándose a las puertas de conseguir esa mayoría. Sólo el desgaste de algún alcalde de dilatado ejercicio del cargo rebaja algo la perversión de estos cordones sanitarios apenas sostenidos en la ambición compartida de los pactantes. No digamos cuando, por motivos coyunturales, el mayor beneficiario del pacto resulta ser el partido que quedó en tercer o cuarto lugar en las elecciones... De alguna manera un pacto así supone una malversación de la voluntad popular. Un pacto claramente a la contra y destructivo.

Luego están las razones prácticas para dudar de estos pactos. Un acuerdo entre tres o cuatro partidos distintos y a veces distantes, además de una merma en su legitimidad, adolece también de un problema de funcionamiento. Está aparentemente condenado a la precariedad o al incumplimiento del programa negociado, que no es ni el de unos ni el de otros, ni siquiera del alcalde que salga del contubernio contra el candidato más votado. Se suelen aceptar condiciones de los socios a sabiendas de que no se van a satisfacer, porque o no se cree en ellas o no son viables.

Algunos de los pactos con los que van a constituirse los nuevos ayuntamientos son de este especie. Y funcionarán mal.

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