HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

La pasión tibetana

No es lo más corriente que la ONU le dedique días a causas no bien vistas por la aún llamada, cuando no es ninguna de las dos cosas, izquierda progresista. Cada 8 de julio se recuerda la invasión violentísima y humillante del Tíbet por los maoístas. Cuando los príncipes eran magnánimos, hace mucho tiempo, como rasgo principal de su alto destino, el emperador chino fue reconocido como soberano nominal y protector del Tibet, quien, a su vez, reconoció como jefe del Estado tibetano, especie de rey, al Dalai Lama. Con altibajos, esta situación se mantuvo entre los siglos XVII y XX. Al ser depuesto el último emperador, el Tíbet se sintió desvinculado de China, pero los chinos hicieron valer los vínculos con sus primos tibetanos. Mal que bien, hicieron alianzas, pero China creó un cisma: al Dalai Lama le opusieron el Panchen Lama, un antipapa colaboracionista. Las relaciones fueron de mal en peor desde el triunfo del comunismo que, como se sabe, se arroga superioridad moral para todo tipo de crímenes.

China invadió el Tíbet y los roces del Dalai Lama con las fuerzas de ocupación fueron causa del exilio de éste en la India tras un levantamiento. Los maoístas actuaron con completa impunidad. Sin que nadie se enterara ni pudiera oponerse, se comportaron como hordas antiguas para destruir cultura y formas de vida seculares. La rebelión fue sofocada sin piedad y con absoluta falta de respeto: Lhasa fue destruida, quemados pergaminos antiquísimos, demolidos los altares, rasgadas las telas de los templos y las vestiduras de los monjes, los budas y los objetos de culto de oro y plata fueron fundidos y convertidos en lingotes Las persecuciones y matanzas escandalizaron, cuando se supo, a la Civilización, excepto a los partidarios del socialismo real, convencidos, como hoy, de que para imponer la utopía de sus sueños todo está permitido.

Hace más de medio siglo la ONU por gran mayoría condenó la invasión del Tíbet y pidió respeto para los derechos de los tibetanos, su cultura y religión, pero hasta ahora no ha tenido ningún efecto y China sigue ocupando un territorio sobre el que solo tendría derechos honoríficos y muy limitados. El antilama adepto es el jefe espiritual de un lamaísmo comunista, igual que a los obispos de la Iglesia Católica Patriótica los nombra el gobierno chino, mientras persigue a los nombrados por Roma. Al Dalai Lama, el verdadero, se lo concedió el premio Nobel de la Paz y fue recibido en Occidente por los más altos dignatarios de las naciones y las instituciones. También visitó con honores la España de Franco. Nadie es perfecto, pero unos lo son más que otros. Los tibetanos siguen bajo la férula del comunismo chino. No sabemos qué quedará del Tíbet milenario ni hasta cuándo durará el régimen chino. Siempre se dijo que los imperios tienen los pies de barro, pero los de China deben ser de un barro muy resistente.

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