Hablando en el desierto

FRANCISCO / BEJARANO

Los remordimientos

LAS películas de más de 90-100 minutos suelen tener más metraje del necesario para contarlas bien. Hay excepciones, claro está, por exceso y por defecto, y no sabría ahora decir en qué grupo abundan más. Lo que ocurre es que recordamos las largas, fatigosas y torpes y tendemos a olvidar las cortas malas o incomprensibles. Magnolia, de Paul Thomas Anderson, 1999, sobre la culpa y los remordimientos, aunque no solo de esto, dura más de tres horas. Le sobran muchos metros, pero acaba por no importarnos una vez que nos vamos adentrando en los fragmentos de las vidas de los personajes, universales y cercanos todos. El sentimiento de culpa se presta a la manipulación, pero aquí el director y guionista procura no opinar y dejarnos el cargo. Dedíquenle una tarde sin alicientes y lo tendrá, y no la confundan con otras películas del mismo título.

Como es consecuencia, se plantea también el arrepentimiento, el deseo de reparar y pedir perdón. El arrepentimiento es el otro nombre que le damos a la experiencia y, por ello, no hay que arrepentirse de demasiadas cosas, solo de unas pocas, de aquellas que quisiéramos olvidar y el pasado se niega a olvidarse de nosotros, esa molesta sensación repentina que nos hace llevarnos la mano al pecho como si en él se hubiera hecho un vacío. La reparación casi nunca es posible y el perdón es personal y no humillante. Se dice que es una de las facultades divinas del hombre. Es tan personal que los perdones institucionales son ridículos de puro hipócritas; inmorales, porque las instituciones políticas se exigen humillaciones entre sí por arrepentimientos fingidos.

En Magnolia hay arrepentimientos y remordimientos morales, sin chantajes sentimentales ni moralinas demagógicas, momentos emocionantes de vidas con memoria de un mal cometido pensando arreglarlas, o dejándose llevar por un oscuro impulso, y el mal las destrozó. Hay quien se niega a perdonar y añade un mal propio al ajeno, hay quien perdona tarde o no sabe perdonar. La película contiene momentos de emoción intensa, pero no de los que arrancan lágrimas fáciles al espectador, sino de los que le transmiten el bien que nos envuelve cuando comprendemos el dolor de otros, que es también el nuestro; pero sin tendernos la trampa de hacernos pensar que los sentimientos son transferibles y pueden hacernos olvidar la soledad radical del hombre, que solo puede corresponder con otros sentimientos también intransferibles.

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