Cornetas y tambores

Opinión

En el pecado va la penitencia.

Cornetas y tambores
Manuel Romero Bejarano

22 de marzo 2016 - 01:00

EN enero ya sabré que la Semana Santa está cerca. Una noche cualquiera, al pasar junto a un descampado, se oirá a lo lejos un fragor que en un principio confundiré con las trompetas del Juicio Final. Una vez repuesto del susto, me daré cuenta de que llegaron los ensayos. Se inicia así el tiempo de cornetas y tambores, cuando la primavera acecha, prefigurada en las flores de los almendros, en los días cada vez más largos. Un día descubriré que los naranjos ya tienen botones de azahar y el gozo será imparable. Y como cada año, pensaré que jamás una música tan terrible anunció algo tan hermoso.

La brillante luz de marzo baña las calles y todos se agolpan en las calles para ver las procesiones, sin saber que una música llegada de tiempos remotos nos robará el alma. Pasa la cruz de guía, pasan los nazarenos. Pasan cinco niñatas y cuatro bolizas. Pasan veinte carros de chucherías y más nazarenos. Poco a poco van desfilando insignias y oropeles y a lo lejos vemos una nube de incienso que se va acercando hasta encerrarnos en su tufo sagrado. Ya está ahí el misterio, moviéndose al son de marchas que ya hemos oído millones de veces, pero no por eso dejarán de fascinarnos. Un ejército de uniformes estrafalarios invade la calzada. Los muros tiemblan al son de los tambores mientras el Señor se mece a un ritmo básico, más que básico, primitivo. Veo a los niños en brazos de sus padres marcando el compás y comprendo que se trata de un mensaje estudiado desde hace siglos. Todos somos conscientes de que sucede algo extraordinario, desde el bebé al anciano. Como la gota en la cabeza del que padece una tortura, los golpes se repiten sin darnos descanso, llegando a lo más profundo. Y cuando pienso que estoy inmerso en un espectáculo delirante, suena la primera corneta, estridente e interminable. Lenta y dolorosa, como un cuchillo que corta el alma. Es algo extraño, casi imposible. El luto y la pena están en medio de la calle, pero nadie es infeliz. Los novios se abrazan callados, besados por el sol de primavera, y los pequeños bailan subidos en papahuevos. Alguien come pipas y alguien habla por el móvil. La corneta sigue rayando la tarde hasta que los pulmones del cornetista no pueden más y entonces suena toda la banda. La apoteosis de mil legiones de romanos celebrando su victoria. El clamor de los judíos pidiendo la liberación de Barrabás. El grito de mil pregoneros anunciando la amarga muerte del Nazareno. El llanto de mil Vírgenes llorando la pérdida de su hijo. El dolor de un pueblo expresado a millones de decibelios. El mismo pueblo que se solaza y ríe apoyado en la cal pura de las paredes jerezanas.

Llega un momento en que todo desaparece, para dejar en escena un solo de tambores y cornetas. Los penitentes se perdieron tras la esquina, seguidos por el baile del paso dorado. El incienso subió al cielo y la gente ya no existe a mi alrededor. Nada más que cornetas y tambores, nada más que tambores y cornetas. Una tromba de sonidos que anula el mundo exterior con su melodía apocalíptica. Lo sé. Lo he vivido ya cuarenta y dos veces. Pero sin saber cómo, he vuelto a caer en el embrujo de la Semana Santa, la fiesta que celebra la muerte de un Hombre, y a la vez anuncia el renacer del Mundo.

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