Sé que os duele hasta el alma, y que esas llagas tardan en curar mucho más que las del cuerpo. Sé que habéis llorado, vosotros, hombretones de fuerza física inaudita, de entrega inquebrantable y heroicidad sin límites. Pero digo, habéis llorado por no haber llegado a tiempo, por no haber logrado rescatar a la mujer que tenía en el libro incierto del destino lo que la última hoja de su vida le tenía dispuesto. No fue vuestra culpa, ya lo sabéis. Sois héroes, superhombres, pero los milagros no siempre llegan.

Imagino que, sentados en el suelo, oliendo a humo y a derrota, heridos y agotados, no habéis reparado en nada de eso. En vuestra cabeza rondará una vez, y otra, y otra, preguntas para la que, ni siquiera vosotros, tenéis respuesta: la vida es un camino lleno de peligros y la hora de la muerte, incierta.

Pero no debéis castigaros, ni preguntaros cómo ni por qué. La gente os va a tener siempre cuando os necesite, cuando yo lo necesite, aunque espero que nunca haga falta. Seguiréis siendo para todos los salvadores, los que siempre están alerta, los que ven cosas terribles y se las tragan, en un incendio, en la carretera, cuando las herramientas cortan la chapa y liberan al cuerpo de una tumba de metal y de infortunio.

No temáis, no sufráis por lo que no pudo ser. Recordad que son más vidas, muchísimas más, las que ponéis a salvo que las que la muerte os arrebata entre humo y fuego. Que son muchas más las recompensas que los castigos. Que hay en vosotros mucho más de éxito que de fracaso. Que seguiréis siendo para mí y para todos la esperanza ante la desgracia, ante la angustia, antes la trampa en forma de llamas y humo. Que aun en la desesperación y el miedo pensaremos en que pronto alguno de vosotros aparecerá y nos arrancará de los brazos del final. Porque sois así, porque sois mis héroes, los héroes de todos.

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