En tiempos de Cervantes no pasaba esto. Por entonces, con ser bachiller había de sobra para salir en El Quijote, pues en aquella época las probabilidades de acabar cultivando remolacha eran bastante mayores que las de acabar cultivando las artes o las ciencias. Pero hoy no. En el siglo XXI hay que estar hecho de un material muy resistente para no sucumbir a alguna rama del saber. Y es lógico porque en un país como el nuestro -donde ya hay casi más universidades que perfumerías- lo raro sería llegar a la edad madura sin haber enmarcado al menos seis o siete diplomas académicos.

Con unos campus universitarios convertidos en escuelas de hostelería (porque el destino de muchos de los jóvenes que salen de esa infinidad de facultades me temo que va a estar sirviendo copas), al menos podremos presumir de contar con los camareros mejor formados de Europa. Podremos estar orgullosos de tener en las cocinas de los restaurantes a unos pinches que, mientras cortan la zanahoria en juliana, podrían dar una conferencia sobre las propiedades organolépticas del beta-caroteno.

¿Camareras políglotas, ingenieros repartiendo pizzas? Pues sí. Sin embargo, en los puestos de poder, lo que hay son ministros con dificultades para redactar una carta, alcaldes que no saben utilizar los cubiertos o presidentes cuyo dominio del inglés se limita al estribillo de alguna canción de los Beatles.

Desde que alguien dio la voz de alarma sobre lo feo que queda que el chófer de un consejero sea licenciado en Económicas, mientras el consejero en cuestión a lo mejor ni ha terminado el bachillerato, a nuestros políticos empezó a picarles la vanidad y a entrarles prisa por tener, aparte de esa facilidad innata para tocar las palmas a sus candidatos, alguna habilidad de mayor fuste o, en su defecto, alguna titulación que la acreditara.

Lo que pasa es que la agenda de un político no es la de una veinteañera que se matricula en Derecho y se puede permitir el lujo de tirarse las mañanas tomando apuntes y las noches moliendo café para estudiar. El político lo tiene crudo para cursar estudios superiores porque, metido en faena desde joven, si no había asamblea del partido, había que pegar carteles o hacer bulto en algún mitin. Y luego, ya de mayor, entre congresos, despachos, firmas de pactos y ruedas de prensa para explicar por qué se rompieron esos pactos, a ver quién es el guapo que se planta delante de los libros.

Le ha pasado a la presidenta de la Comunidad de Madrid (que entre tanto trajín se tuvo que apañar un título universitario de birlibirloque) y le pasó a aquella alcaldesa que tuvimos en Jerez que se sacó, por el método Cifuentes, unas oposiciones sin que nadie supiera cómo pudo estudiar con el jaleo que había entonces en la calle Consistorio. Pero ¿debe un político pasar por las mismas fatigas que un ciudadano corriente? Como sigamos así -obligando a los políticos a llevar la misma vida que los carteros- vamos directos a la ruina porque, no nos quepa la menor duda, nadie va a querer gobernar en España.

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