No sin sorpresa, leo en este mismo Diario (edición del pasado día 7) que el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco (CADF) va a ser trasladado al espacio que ocupaba el Zoco de Artesanía de la Plaza Peones dentro del proyecto del Museo de Flamenco de Andalucía. Algo sabía ya de ese posible movimiento, pero era a otro lugar y, sinceramente, confiaba que no se produjese. Confieso que la noticia, que anuncia ya los hechos con carácter inminente e irreversible, me produjo tristeza. Soy un agradecido usuario de ese Centro desde hace muchos años, e incluso me tomo la licencia de considerarme amigo de la casa. Tras el lógico desánimo, vino la incomprensión. Me explico: en mis largos años de relación con el CADF he sido testigo de etapas para olvidar en las que cundió el abandono de la Administración, pero últimamente, y después de alguna intervención, tengo que reconocer que quizás viva su mejor momento en su ubicación en el Palacio Pemartín. Con la anunciada mudanza, lo siento, me asaltan temores de variado signo. Temo, por ejemplo, por el destino del que es el mayor fondo documental existente del flamenco, fondos que, en algún caso, son extremadamente delicados. Pero, sobre todo, opino, como cualquiera lo haría, que los cambios deben ser para mejorar. ¿Lo es este? Yo lo dudo. ¿Es, además, necesario? No lo veo. La distancia con el futuro museo es mínima, de escasos minutos andando y dentro del mismo casco histórico que se pretende revitalizar. Siempre me enseñaron que la Administración está obligada a la gestión racional de los recursos y a su optimización y, en este caso, no veo la racionalidad ni encuentro una razón que justifique la inversión. Pienso que el CADF va a perder una sede que lo prestigia y me pregunto cuál será el destino asignado a un Palacio que es Bien de Interés Cultural y que fue remodelado para acogerlo. En fin, demasiadas preguntas. Me manifiesto abierto a respuestas.

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