Bárbara Blasco | Escritora "Suena terrorífico, pero deberían enseñarnos a morir"

  • La autora valenciana publica 'Dicen los síntomas', el afilado retrato de una mujer en crisis total con la vida que le valió el último Premio Tusquets de Novela

La escritora Bárbara Blasco (Valencia, 1972). La escritora Bárbara Blasco (Valencia, 1972).

La escritora Bárbara Blasco (Valencia, 1972). / Sara Llopis

Solemos preguntar de qué va una novela y al hacerlo pasamos por alto –aunque lo sepamos– que todas las tramas ya se han contado. Que una buena novela no es exactamente su trama y lo que importa, lo que atrapa, es la voz que nos vuelve cómplices y expectantes mientras cuenta lo que al cabo todos siempre acabamos contando: la familia, que nos quiere pero no nos entiende, el amor, que no llega y si llega se agota, la enfermedad y la muerte, que aterra y es cuestión de tiempo, que pasa y da vértigo.

Con una voz auténticamente magnética, concisa, limpia y ácida, a la vez sutil y cruda, Bárbara Blasco entrega en Dicen los síntomas el penetrante retrato de una mujer en crisis que en la bruma irreal de los largos días de hospital aguarda la muerte inminente de su padre, con el que mantuvo siempre una relación tirante y al que contempla, postrado ya, en coma, imposible todo diálogo o cierre redentor, con distancia y resentimiento. "La vida no suele cerrarse como las novelas. Rara vez hay respuestas para todas las preguntas que surgen en una relación, más aún si es complicada. Preguntarme qué se hace con todo cuanto no está resuelto entre dos personas cuando llega el final fue el detonante", dice esta escritora valenciana sobre la espléndida novela que le valió el pasado septiembre el Premio Tusquets.

–Recuerda su narradora esa frase atribuida a Tolstoi en su lecho de muerte: "No entiendo qué se supone qué he de hacer ahora". Tampoco quienes acompañan a quien se muere lo acaban de entender...

–Es que nos preparan poco. Poco o nada. A mí me gusta pensar todos los días un poquito en la muerte, a veces me imagino cómo podría ser, supongo que intento ir digiriéndola. El otro día, en un taller de literatura planteé un ejercicio en torno a frases de inicio para un relato, lo suficientemente misteriosas para no desvelar más de la cuenta y lo bastante sugerentes para invitar a seguir leyendo. Y una alumna puso: "Era un colegio donde enseñaban a morir". De entrada me sonó terrorífico, pero luego pensé que todos necesitaríamos que nos enseñaran eso.

–Ya dijo Montaigne que enseñar a morir es enseñar a vivir...

–Está claro que la conciencia de la muerte es lo que nos permite vivir intensamente. Son dos extremos de lo mismo, pero no hay manera, nos negamos a conectarlos, o simplemente es que el miedo es más fuerte y no somos capaces.

–"Si tuviera que escoger un único aspecto para estudiar la historia de la humanidad, sólo uno, elegiría sin duda la historia de las enfermedades". Cabe suponer que comparte usted con su narradora este interés, ¿no?

–Bueno, el mío no es tan obsesivo como el de la narradora, en la novela está exagerado por razones de construcción del personaje. Pero claro que me parece que nos dice más de la historia de la humanidad cuáles eran las enfermedades que marcaron cada época que la dinastía que reinó aquí o allá. Y diría que es algo más que simbólico. Con la pandemia tengo la sensación de que estamos asistiendo a alguna enseñanza más allá de lo puramente físico de la enfermedad.

–¿Y qué enseñanza sería esa?

–Yo sólo soy una pobre escritora y me da reparo hacer predicciones, pero creo que, aunque no vaya a haber un antes y un después grandilocuente, la realidad es muy tozuda. Y lo que estamos viviendo es un toque de atención que cuestiona nuestra forma de organizarnos y de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con otros seres vivos. Es infantil esa idea de la Tierra vengándose de nosotros, pero no deja de ser cierto que el calentamiento global y nuestra forma de vida y la economía que la sostiene tienen consecuencias. En nuestra salud también. Y las pagamos. Somos una especie que ha demostrado tener inteligencia para sobrevivir, así que pienso que aunque sólo sea por supervivencia, no por ética ni nada de eso, cuidaremos aquello que veníamos descuidando.

–"Me revienta la gente que se fija en el pájaro que pasa cuando le señalas el incendio. Son los mismos que se fijarían en las nubes cuando señalas el pájaro", escribe. Desquiciados como estamos por la pandemia, da la impresión de que en general, como sociedad, nos pasa eso bastante últimamente...

–Nos está pasando totalmente. En realidad diría que podríamos aplicarlo a cualquier época, pero cuando hay tanta confusión como ahora esos desvíos se notan aún más. A mí me encantan las personas pero la gente no me gusta nada, creo que individualmente somos más razonables y en cambio cuando se alude a la opinión pública, por ejemplo, yo encuentro un eco monstruoso, al menos irracional. Lo estamos viendo ahora, en la conversación pública valen más las emociones que los hechos. Dice Virginia [la narradora] que detesta a todo aquel que pretenda salvarnos colectivamente y no de uno en uno. La emoción es una forma de la experiencia humana nada desdeñable, pero si se contrapone al empirismo ahí surgen los problemas. Es terrible y peligroso. Y aunque es muy fácil hablar de Trump, que por supuesto encarna a lo grande esa clase de atajos, hemos llegado aquí entre todos.

–Volviendo a la novela, queda claro en ella que antes que a una sociedad o a un país, venimos a una familia. Para bien y para mal.

–Es nuestra primera patria, si dice algo aún este concepto tan devaluado. La familia lo es todo, en los primeros años el mundo es la familia. Y luego ya hacemos el camino a favor de esa corriente o en contra. En la novela hablo de un padre que tiene ya casi 80 años y las relaciones con esa generación, por imperativos sociales en gran medida, que esto no va de buenos y malos, muchas veces para las mujeres han sido complejas, llenas de tabúes y ausencias, y yo quería retratar una de esas relaciones enigmáticas, marcadas por la incapacidad para expresar los sentimientos.

–Su retrato de mujer con vida precaria, sentimentalidad desordenada y anhelo aún no resuelto de maternidad tiene no pocos ecos generacionales...

–A mí como escritora me gustaría despegarme un poco del realismo, pero no se me da bien [se ríe]. Virginia tiene un gran problema con lo que llamamos realidad. No entiende las relaciones familiares, ni cómo se organiza el mundo a su alrededor. Las convenciones son necesarias, no podemos ir por la vida siendo descarnadamente sinceros en todo, pero ella ha llegado a un punto en que le cuesta creer en algo y busca desesperadamente alguna verdad en su vida, de ahí ese humor suyo que algunos han calificado como cruel, pero yo creo que en todo caso ella tiene sus razones. Y en un hospital, donde parecen imperar unas leyes diferentes, donde por mucho esfuerzo que se haga no se puede fingir porque los cuerpos enfermos son elocuentes, experimenta un viaje: de no aceptar la realidad a construir, gracias al amor, una realidad que al menos resulte habitable para ella.

–Dice la narradora sobre Anatole Broyard que éste afrontó su cáncer "con lucidez, es decir, con sentido del humor"...

–Es una ley que he observado, a mí misma me ha pasado: al final de todas las desgracias está el humor. Vivir de espaldas a la muerte, al dolor, es un absurdo muy actual, pero tampoco podemos llegar al extremo paralizante de Virginia, siempre atenta a los síntomas de algo que vaya mal, y para encontrar el equilibrio sirve el humor. No me interesaba hablar de la enfermedad y la muerte sin ponerle un contrapunto, porque sin éste se volvería todo absolutamente trágico o algo peor, melodramático, y no se trataba para nada de eso.

–Aparecen frecuentes referencias en la novela a la literatura del dolor o de la enfermedad, pero destaca especialmente la de Susan Sontag y su célebre ensayo La enfermedad y sus metáforas no sólo porque la narradora lo cite expresamente sino sobre todo porque adopta su mirada. ¿En qué medida inspiró ese ensayo la novela?

–Ese libro llegó después en realidad, fue una lectura provocada por la escritura de la novela. No es que me dedicara a documentarme pero sí busqué algo de bibliografía, no demasiada, pero cuando escribes una novela en este sentido es como cuando estás embarazada y entonces ya sólo ves embarazadas. Me interesaba el tema de Sontag porque en efecto eso, esa forma de ver la vida, es lo que más problemas le plantea a Virginia. Es cruel darle a la enfermedad un significado, aunque sea simbólico, un sello, de modo que si uno tiene cáncer a lo mejor es que no ha sido feliz y si es sida, casi peor, porque tiene su aura de castigo divino. Esa manera de culpabilizar a los enfermos, aunque sea a través de metáforas, es terrible. Y aunque todos lo sepamos, y aunque sea ridículo, eso nos lleva a ocultar, a tener miedo a nombrar, a seguir hablando de una larga enfermedad, por favor...

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