Luis medina cantalejo. ex árbitro internacional

“Nunca quise ser árbitro, se lo agradezco a mi padre...”

  • El árbitro sevillano, a sus 45 años, se ve obligado a la retirada por una normativa “que hace 10 años era más lógica que hoy por el estado físico de los colegiados”

La normativa es la normativa, y Luis Medina Cantalejo, uno de los árbitros más reputados del fútbol español y el que mejor palmarés ha reunido en la historia de los colegiados andaluces, debe retirarse a sus 45 años, después de 26 con un silbato en la boca. El fútbol local y andaluz le rindió un merecidísimo homenaje.

–Jamás olvidará su debut...

–¡Claro! Fue un Dos Hermanas Industrial-Polideportivo Alcosa y era juez de línea. El primero como árbitro, un Híspalis-Clavel.

–¿Y en Primera?

–Un Real Sociedad-Oviedo en el 98, el 31 de agosto.

–¿Ha sido algo vocacional?

–Entré porque venía de la familia, y me gustó. Pero yo no quise ser árbitro nunca, mi abuelo y mi padre lo fueron, a mí no me llamó nunca la atención pero probé por la insistencia de mi padre, por preservar la tercera generación. Siempre se lo agradeceré a mi padre.

–¿Se queda con las ganas de pitar unos años más al máximo nivel?

–Me voy con un estado físico bastante bueno, y este año he pitado el Barça-Madrid de Liga, Roma-Arsenal, Inter-Mancherter United, Chelsea-Liverpool, la final de la UEFA... Deportivamente estoy en el momento adecuado, pero bueno, más vale irte en el momento bueno que estar dos años más y luego tener problemas.

–¿Cree que habría que ampliar la edad de retirada?

–Con las pruebas físicas que tenemos hoy los árbitros retirarte a los 45 llama la atención. Quizá hace 10 años era otro el estado físico de los árbitros y se veía más normal la retirada. Se ve extraño.

–En las fotos de hace 20 años los árbitros eran menos estilizados...

–¡Y los jugadores también! Tú ves un partido de hace sólo 10 años, y el ritmo de juego es muy diferente. Los árbitros de hace 30 años podían seguir el juego más de cerca porque el ritmo era otro. Sería impensable que los árbitros de entonces pitaran hoy, seguirían el juego a 50 metros del balón.

–¿Sintió miedo en un campo?

–Sí. El árbitro, como el torero, ha sentido miedo alguna vez. Sobre todo en categorías regionales, porque no hay policía ni seguridad y la gente focaliza sus frustraciones en el chaval.

–¿Qué debería de hacerse para que el árbitro deje de ser el pararrayos, el chivo expiatorio?

–Hay que empezar por la base, aleccionar a los chicos que empiezan, a los padres que van a los campos, a los entrenadores, que deben ser entrenadores-monitores que inculquen valores a los chicos para que cuando sean juveniles los tengan aprendidos... La prensa también genera un clima en determinados partidos que más bien parecen guerras. Los poderes públicos tienen que cambiar las normativas, la Ley del Deporte.

–¿Qué cambiaría de ella?

–La aplicación de la sanción. El juez que aplica esa sanción considera que insultar a un árbitro es un menosprecio, que dar una patada a un árbitro es una agresión leve. No. Y los que lancen objetos, que no entren más en un campo.

–¿Defiende el uso de la tecnología para paliar los errores de apreciación? Aplacaría la violencia...

– En las cuestiones objetivas sí, como que un balón entre o no en la portería. Si una máquina me dice que ha entrado me quitaría un problema tremendo. Y otra cuestión son las agresiones que se producen en un sitio lejano al balón, que el árbitro no puede ver. Si lo capta la imagen, muy bien.

–¿Y no se producirían los parones en el juego que tanto teme la FIFA?

–No, porque hablamos de agresiones de verdad, no zancadillas... porque eso es todo juego y si se para por acciones del juego sí que iría en detrimento de él. Los partidos durarían cuatro horas y se perdería la salsa del fútbol.

–¿Los jugadores de los países latinos son más pícaros?

–Absolutamente. En los climas calientes la gente está más tiempo en la calle, y eso te hace más pícaro.

–¿Y son los futbolistas unos tramposos sin remisión?

–Los jugadores juegan y el árbitro arbitra. Ellos ganan un partido con todos los medios, lícitos o ilícitos, y ahí entra la figura del árbitro para poner orden. Yo no quiero que los jugadores me ayuden, ellos van a ganar y yo a arbitrar.

–¿Y llegó a surgir la amistad ?

–No, la amistad entre un árbitro y un jugador no es posible. Igual que la de un técnico, es complicado.

–¿No cree que el listón de las expulsiones se ha bajado demasiado, que abundan y menoscaban la esencia del juego porque condicionan demasiados partidos?

–Bueno, este año, por ejemplo, hemos sido duros con los brazos sacados en los saltos porque había muchas cejas y pómulos rotos. Pero mira cómo hemos acabado con los tackling y entradas por detrás, han descendido el número de lesionados al respecto.

–¿No se deberían buscar alternativas para sancionar el juego violento sin tantas suspensiones?

–Siempre que no lesionen a un jugador, podrían buscarse soluciones alternativas. Si te expulsan por un agarrón y una mano, quizá en lugar de un partido o varios de sanción, estaría bien una sanción económica que se invertiría en el fútbol base, por ejemplo.

–¿Va a seguir ligado al fútbol?

–Sí. Quiero estar con los nuevos árbitros, con mi experiencia enseñarles el camino, aconsejarles para que sean mejores árbitros.

–¿Con qué se queda de su carrera?

–Me quedo con todo, con lo bueno y con lo malo, es lo que ha hecho que haya llegado hasta aquí.

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