Inmigración ilegal Durante el año pasado llegaron a España 752 menores no acompañados

En busca del 'sueño europeo'

  • La mayoría de los chicos que se embarcan en la aventura de los cayucos tiene entre 14 y 17 años y todos llegan con la esperanza de encontrar una solución para su familia

Enganchados a la esperanza de los bajos de un camión o de un hueco libre en una patera viajan cada año durante días cientos de niños para alcanzar el gran sueño europeo. Algunos apenas alcanzan el metro y medio de altura, otros tan siquiera llegan a los 12 años de edad. Sin embargo, por su retina han pasado las imágenes del hambre, el conflicto, la guerra o la muerte.

Se calcula que durante 2007 llegaron a España más de 752 menores extranjeros no acompañados a través de cayucos. El pasado mes de septiembre sólo a las costas canarias arribaron unos 196 niños inmigrantes. La mayoría de ellos, indocumentados y con un pasado que no están dispuestos a revelar.

Canarias lanza un mensaje de auxilio y solidaridad al resto de Comunidades. Los niños que llegan van pasando a los llamados centros de urgencia, una estancia aparentemente provisional en la que permanecen hasta que se les identifica o se les asigna un centro de acogida. Sin embargo, la permanencia en estos lugares, que suelen ser antiguos edificios en desuso rehabilitados, puede llegar a alcanzar los dos años.

El director de Servicios Sociales de Aeromédica Canarias, Jesús Trujillo, asociación que controla varios centros de acogida en la isla, informa que ahora mismo hay más de 800 niños en estos "artificios de emergencia", que se encuentran al triple de su capacidad, a la espera de que se abran por fin las puertas de la Europa prometida. "Durante este tiempo es cuando se produce la mayor parte de los problemas humanitarios y de emergencia", explica.

La mayoría de los chicos que deciden embarcarse en la "trágica aventura" del cayuco suelen tener entre 14 y 17 años. Proceden de Marruecos, Argelia y África Subsahariana generalmente. Sin embargo, todos persiguen la misma idea: mejorar su situación personal y familiar con un trabajo que creen que España les puede dar.

Pero no todo resulta tan sencillo. Una vez aquí, los chavales deben digerir que, a pesar de haber tomado una decisión de adulto en su país de origen, en España vuelven a ser niños protegidos por las leyes. "Tendrán que aprender el idioma y adaptarse lo antes posible para entrar a la escuela", destaca Trujillo, que critica la actitud de algunas Comunidades Autónomas por no querer acoger a niños marroquíes en sus centros. "Sólo ayudan a Canarias si son chavales subsaharianos, porque consideran que son los que no dan problemas", denuncia.

Si no son identificados (en caso de serlo serían repatriados a su país de origen si existe acuerdo de colaboración) los niños son internados en centros de acogida. Al director del centro de acogida de Madrid Casa de la Merced, Pablo Pérez, le sorprende la rapidez con la que estos chicos se adaptan a nuestro país. "Les damos un seguro médico, les enseñamos el idioma, el conocimiento de nuestra cultura y les introducimos en diversos proyectos educativos", informa Pérez, que se siente orgulloso de que el 90 por ciento de los chavales salga del centro con trabajo.

Pérez informa de que a veces son los propios niños los que, a través de la Policía, piden que se les interne en estos centros. "Conocen de la existencia de estos lugares. Y saben que son útiles para su futuro. Todos responden muy bien porque tienen muchas ganas de formarse para poder trabajar pronto", asegura.

De la misma opinión es Simón Menéndez, responsable de la Asociación Hechos de Burgos. "Vienen sólo en busca de una vida mejor, incluso hay padres que les han pagado el billete de la patera. Por lo que quieren cuanto antes mandar dinero a sus familias", afirma Menéndez.

Sin embargo, muchos de estos chicos procedentes de zonas en conflicto dejaron atrás episodios que, como niños, nunca debieron ver. Alguno de ellos, relata Menéndez, llegan con el conocido síndrome de Ulises, un estrés migratorio postraumático que necesita de comprensión y empatía. "Hay que tener en cuenta que llegan pensando que van a ponerse a trabajar enseguida. Y no es así. Entonces se les cae todo encima", señala.

Por eso, una repatriación inoportuna e imprevista es el peor "castigo" para estos niños. "Hemos tenido casos en que la Policía ha entrado por la noche para llevarse a un chaval totalmente integrado y al que le faltaba un mes para conseguir trabajo", afirma Pérez, apuntando que este tipo de iniciativas son sólo "ganas de fastidiar" un proceso formativo ya cerrado.

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