XXV Festival de Jerez

Bocanada de jondura

Jesús Méndez y Diego del Morao, ayer en Los Museos de la Atalaya.

Jesús Méndez y Diego del Morao, ayer en Los Museos de la Atalaya. / Manuel Aranda

Casi dos décadas después, Jesús Méndez sigue dando pasos. Aquel tímido chaval que debutaba en Chacón un 4 de febrero de 2002 es hoy por hoy una figura consumada del cante de Jerez. Su constancia, su trabajo y por supuesto sus condiciones innatas le han convertido en  un cantaor de primera que pasea su arte y saber estar por media España. 

En todo este tiempo, sus pasitos han sido cortos pero sólidos, por eso, pocos discuten su poderío encima de un escenario, ya no solamente porque canta divinamente, sino porque se ha preocupado de adquirir una formación y eso también cuenta.

Ayer en los Museos de la Atalaya, el jerezano dio una lección de cómo se debe enfocar un recital, cuidando los detalles pero sobre todo, que es lo que importa, cantando bien. Tras empezar por martinetes con la percusión de Ané Carrasco como único respaldo, interpretó el ‘pregón del Uvero’, una carta de presentación que invitaba al optimismo.

Por malagueñas, acompañado ya por Diego del Morao, que se llevó la ovación del público nada más asomar la cabeza por el escenario, Jesús se acordó de Manuel Torre para rematar por El Mellizo, siempre aguantando bien el cante y dando claras muestras de ir de menos a más.

Se sentó luego a la mesa junto a Diego Montoya, Carlos Grilo y Manuel Cantarote (impecables toda la tarde) para hacer soleá por bulerías, en la que demostró nuevamente su excelso conocimiento de los estilos. Sonó de nuevo la guitarra de Diego, esta vez por tientos. Sin perder el rumbo, el cantaor sacó a relucir su mejor versión, sobre todo en el remate por tangos, donde el hijo de Morao le llevó en volandas, poniendo al público con las orejas tiesas cada vez que hacía una falseta. Con un guiño a la Niña de los Peines y a Luis de la Pica finalizó. 

No fue menos por fandangos, destacando en los aires de El Pena hijo, Manolo Caracol, Chocolate y Manuel Torre, suerte ésta que domina a la perfección, pues en estos dos últimos se metió al público en el bolsillo cantando a capella.

Antes de terminar, acometió la seguiriya de Manuel Torre, nuevamente con un Diego del Morao brillante, para rematar con el cambio de Manuel Molina, al que imprimió fuerza y jondura. 

Por bulerías sólo tuvo que montarse en el soniquete de su guitarrista para volar y ofrecer otra amalgama de letras con continuos guiños a La Plazuela y a diferentes artistas. El broche lo hizo acordándose de Luis de la Pica. El público, que llenaba la sala, lo despidió en pie. 

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