XXIV Festival de Jerez

Entre el cielo y la tierra

Entre el cielo y la tierra Entre el cielo y la tierra

Entre el cielo y la tierra / foto© Miguel Ángel González

No se puede sacar más partido a un espectáculo con tres personas. Si el refranero español habla de que tres son multitud, en el caso de ‘Rayuela’ es el número perfecto para poner en escena una propuesta minimalista, que no recurre a estridencias y que está cargada de verdad.

En ella, Marco Flores hace un particular recorrido por sus dos décadas como bailaor, y lo hace mediante cinco escenas, musicalmente riquísimas y extraordinarias en lo que al baile se refiere. Porque el artista arcense, igual que pasa con sus compañeros de viaje, David Lagos y Alfredo Lagos, exprime sus facultades hasta la extenuación, gracias a ese lenguaje tan particular que posee. Yo diría que hablamos de un bailaor, bailarín o simplemente un artista, de los más completos del momento, como queda reflejado en la cantidad de recursos y registros que utiliza durante la casi hora y media de duración del espectáculo. Quizás es aquí donde habría que ponerle un pero, ya que, bajo mi punto de vista, le sobran quince minutos, ya que determinadas escenas, principalmente las de la parte final, se vuelven algo reiteradas y aportan poca información.

La estructura de ‘Rayuela’ es circular, es decir, el foco va centrándose en cada uno de los personajes en función del momento. Todos tienen protagonismo y si, evidentemente, prevalece la presencia de Marco Flores, los hermanos Lagos no se quedan atrás, mostrándose como dos elementos imprescindibles.

A nivel dancístico, el bailaor juega con sus diferentes lenguajes, desde el flamenco más tradicional al clásico español y a veces hasta con conceptos más contemporáneos, como ya le hemos visto en otros espectáculos. No es de extrañar, si tenemos en cuenta que hablamos de un recorrido por su carrera. Lo mejor de todo es que no flojea en ninguno, lo borda por cantiñas, por abandolaos, por bulerías, tangos, milongas y en esa extraordinaria farruca del Molinero. Su braceo es maravilloso y cuando se para y se gusta, su baile es infinito hasta el punto de que a veces parece que levitara sobre el escenario, es como si estuviera entre el cielo y la tierra.

Y qué decir de los Lagos. A veces me pregunto qué sería del Festival de Jerez sin ellos. Ambos conforman la caja de música del espectáculo con un David enciclopédico al cantar por cabales, seguiriyas, serranas, livianas, abandolaos, malagueña de Chacón, caña, farruca, bulerías, cantiñas, vidalita, milonga, saetas y hasta una jota aflamencada, siempre a nivel altísimo. Lo mismo ocurre con Alfredo, una guitarra hiriente, con un sonido propio, y que es capaz de sonar flamenquísimo con la rondeña, de recordarnos al maestro Paco en los remates de las cantiñas o ejecutar el trémolo con limpieza.

Todo dan forma a un montaje entretenido, que nunca decae y que el público acogió con entusiasmo despidiendo por bulerías a los tres protagonistas.

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