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Jerez, Rubio, Virgilio, capaces y capataces

Alfa: Miguel Rubio Caballero hace gala de su segundo apellido. Siempre se me antojó una persona harto entrañable. Caballero lo es raudales: un catón en carne y hueso de los modales paradigmáticos. Saber ser, saber estar. Un señor de cinco letras que rechaza de raíz los aspavientos de lo ampulosamente histriónico. La voz: tenue como el susurro rítmico de una cascada en lontananza. La amabilidad: como un verso que siempre encuentra la concatenación de la rima. La piel: plegada por la tonsura de los años. La mirada: derramada entre la retina a medio gas y la cristalina divisoria óptica de una nostalgia que ni siquiera el semblante risueño esconde. Por él no pasan los años -esa carretera secundaria de la autobiografía- pero sí la imprecación de la remembranza. Estreché amistad con Miguel a medio camino entre la calle San Agustín y la calle Córdoba. Esto es: entre los micrófonos radiofónicos y los teclados de la redacción de periódico con olor contiguo a linotipia. Pongamos que hablamos de finales de la década de los noventa. Leías sus sueltos futbolísticos en papel prensa y enseguida sentías la intiquita sensación con letrilla del tardío Camilo Sesto: mola mazo. Sí: “mola mazo ser como soy porque no quiero ser huérfano de personalidad ni alguien que controlan los demás”. Ahora suelo topármelo jamás de bruces por los pagos de la Plaza del Caballo. De súbito nos reencontramos. Miguel parece conservado en formol. A paso quedo, más silente que de costumbre. Imperturbablemente acariciando entre las manos su pasional afición filatélica: “Aquí llevo unos sellitos que he intercambiado. Sigo con mis sellos. Algo habrá que hacer, ¿verdad?”. Cuando me despido de su sencillez -impoluta- mis labios se ciernen como el verso del poeta: “con la más indulgente abreviatura del mutismo”.

Beta: Podríamos consignar que también en Jerez -a la ladera de los mentideros de baja estofa- se lanzan -sin rendir pleitesía a los códigos de lo verosímil- bulos de padre y señor mío. O dicho poéticamente: cierta rumorología es “vertiginosamente desplazada desde el no sitio hasta la parte oscura”. Desde la mentira a la comidilla. Lo que traducido resulta: invéntate un embuste para enervar el río revuelto de pescadores y así, de paso y en el ínterin del confusionismo, propicias el clima necesario y valedero para tu pretensión (subrepticia). Me lo contaban el pasado sábado durante el aperitivo de una carne mechada con salsa de pan mojar. Una cofradía pierde o está a punto de perder a su capataz -y no precisamente por demérito de éste-. Alguna cabeza pensante -¿pensante o constreñida?- de la dicha Hermandad quiere pescar a otro capataz confortablemente instalado en el martillo de la cofradía que cierto día -años ha- confió en su persona (incluso contra todo pronóstico). Para consumar este (legítimo) fichaje es necesario la (ilegítima) treta: despegar al capataz deseado del llamador de la cofradía en la que se encuentra feliz. ¿Cómo operar in extremis? Divulguemos inexistentes desavenencias entre el hombre de negro y la corporación de sus amores: inflemos el globo sonda de tal forma que pudieran hasta surgir sospechas tendentes a la desconfianza recíproca. Lo antónimo de la oración de San Francisco: donde haya amor ponga yo odio -con la chusca artimaña de la lengua de vecindona-. ¡Yo recetaría más Virgilio y menos telenovelas de sobremesa a los torpísimos urdidores de naderías!

Gamma: Diógenes Laercio “tanto había leído que tenía respuesta para todo”. Mismamente conocía la escuela cirenaica del hedonismo como al dedillo la obra del fundador de la escuela cínica: Antístenes. En cierta ocasión le preguntaron la fórmula mágica del saber. Su respuesta no dejó escondrijo a la libre interpretación: “Callando se aprende a oír; oyendo se aprende a hablar, y luego hablando se aprende a callar. Ésa es la secuencia. La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad”.

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