De Cerca. Entrevista a José García Oliva "Los cuentos tradicionales no son machistas, son algo vivo, que cambia"

  • Este docente y experto en literatura infantil y juvenil recientemente jubilado, ha cerrado su trayectoria en la enseñanza reglada donando casi 1.500 libros a bibliotecas de centros públicos

  • Es, además, cuentacuentos, autor y asesor de editoriales

Pepe García Oliva, en la fuente de la plaza del Mentidero Pepe García Oliva, en la fuente de la plaza del Mentidero

Pepe García Oliva, en la fuente de la plaza del Mentidero / Joaquín Hernández Kiki

José García Oliva, Pepe, es un hombre comprometido, con una sensibilidad humanista que encandila a quien le escucha. Ha dedicado su trayectoria a la educación y a la dramatización, ya sea a través del teatro, del cuentacuentos, de la propia labor docente para captar la atención de los menores o de la literatura. Ha impartido clases tanto en aulas con los más pequeños como con los docentes, así como en diferentes conferencias, congresos y ponencias. Autor y asesor, atesora el tacto de más de dos mil libros –dejó de calcular cuando superó esa cifra– que han pasado por sus manos. Ahora, ya jubilado, busca su sitio para mantenerse activo desde el compromiso con su ciudad, Cádiz, a la que nunca abandonó a pesar de mantener su residencia en Jerez durante años.

–Acaban de demoler el edificio en el que se crió.

–Sí, entre Cooperativa y Avenida Lebón, los grupos Virgen del Puerto que se llamaban. El otro día le hice una foto al solar.

–Pero el entorno ya no tenía mucho que ver con cómo lo conoció usted, sobre todo desde el soterramiento.

–Nada, nada, antes era un territorio salvaje de hacer casetas para jugar. Con gitanos acampados abajo del puente San Severiano, vecinos cogiendo leña para las cocinas económicas... Ahora avenidas, asfalto y otra cosa, pero sin espacios de vida ni creativos.

–¿Era consumidor ya entonces de literatura infantil?

–No porque no había. Consumía cómic, tebeos lógicamente. Libros para niños había pocos, mal ilustrados, incluso mal encuadernados, que terminaban deshojándose. Con la literatura infantil y juvenil entro en contacto cuando empiezo a trabajar en el colegio Las Banderas de El Puerto en septiembre de 1980. Era un colegio nuevo, surgido de los Pactos de la Moncloa y tenía un laboratorio estupendo, material deportivo y una dotación de libros importante.

–Estudió en el SAFA Villoslada.

–Sí, que reivindico como colegio público con carácter de patronato.

–Explíquese.

–Se criticó que el Rey viniera a Sevilla a darle un premio a un colegio privado (al Safa de Écija, el premio Escuela Emprendedora concedido por la Fundación Princesa de Girona). A ver, las cosas están mal para la escuela pública y el Gobierno andaluz se ha dispuesto a cargársela del todo con el nuevo decreto de escolarización, a cerrar todas las unidades que pueda. Pero es que Safa tiene un papel especial en la historia de la escuela en Andalucía. El patronato consistía en que, siendo una inversión de los jesuitas para conseguir local y contratar maestros, entra en contacto con la administración pública y algunos docentes y la dirección del colegio solía ser un funcionario. Es un yo te presto, tú me das, entre los dos hacemos.

–¿Un modelo diferente de concierto?

–Era un modelo anterior sin unos intereses económicos claros de hacer negocios con la educación. Funcionaba a todos los efectos como un colegio público, aunque a veces con un exceso de religión, pero bueno, aquí está uno ateo, así que no me hizo mucho daño (risas)

–No se sintió adoctrinado...

–Bueno, fíjese, con el himno nacional todos los días y formando en plan militar en el patio, como se hacía en otros colegios públicos en esa época.

–¿Cómo empieza en el teatro?

–Empiezo con las marionetas. En mi barrio había un grupo de chavales que tenían y hacían obritas con ellas. Bajábamos las sillas, les dábamos algo y hacían su teatro. Yo empecé a ahorrar para comprarme marionetas y hacer mis propias obras. Luego, cuando entro en el Club Mirandilla me apunto a teatro, pero además, allí ensayaba el grupo Carrusel. Le habían cedido un espacio a Miguel Ángel Butler y a mí me gustaba mucho lo que hacían, empecé a ayudarles y terminé tres años embarcado con el grupo. Participé en un par de montajes, pero también en pasacalles, algún corto que filmaron y otras actividades. Con la primera obra, El romance de un pueblo olvidado, fuimos al Festival de los pueblos de España de Sitges representando el andaluz. El otro montaje que hice es el Marat-Sade, que llegó al Lope de Vega de Sevilla. Y la mili me impidió involucrarme en el de Medea.

Una silla y una mesa, la coloques como la coloques, llena la escuela de tedio, sabe a clase antigua

–Tampoco le faltó la actividad política en esa época.

–Entro en la Escuela de Magisterio Josefina Pascual en 1976, cuando la situación está hirviendo. En el pasillo de abajo, personas vinculadas a partidos políticos dejaban carteles y octavillas. Nosotros veníamos aleccionados, fíjese qué gordo, desde el instituto, donde nos habían tenido tres días en el Colegio menor de Jerez para decirnos cómo actuaban los grupos de izquierdas en la universidad y nos daban instrucciones de qué hacer con la intención de convertirnos en chivatos. Esto hizo que a la mayoría nos despertase un gusanillo que a lo mejor no teníamos muy claro en la dirección totalmente contraria, aunque yo ya tenía cintas de Paco Ibáñez en el Olimpia y de Quilapayún. Y terminé afiliado al PC.

–¿Cuándo comienza a dar clases?

–Empiezo a trabajar antes de terminar la mili incluso, porque me entero que los compañeros de mi promoción con acceso directo le han dado plaza, mi padre se queda parado con cincuenta y muchos y le digo al capitán que me tengo que incorporar a trabajar porque hace falta en casa. Me da un permiso hasta el día de mi licencia.

–¿Qué es eso del acceso directo?

–El plan experimental en el que estudié reservaba para un 10% de los matriculados plaza directa si la nota media superaba el 8. En mi promoción entramos unos 50. Estamos hablando del año 80, cuando se crearon un montón de plazas nuevas y colegios porque empieza a significar algo la educación.

–¿Cómo eran esos colegios?

–Los tres primeros días los paso en el colegio Manuel Siurot de El Puerto que era un edificio del Ministerio de Justicia que había servido de correccional. El muro del patio era altísimo y había un maestro mayor que puso a todos firmes. Luego me cambian a Las Banderas, un colegio nuevo que había que montarlo entero. El grupo de maestros eran compañeros de promoción y gente muy joven, pero mandan para dirigirlo a un perro viejo con todo el apoyo de la Inspección, por lo que empieza a tener problemas con todo el claustro, mucho más moderno. Ese director terminó castigado en Algar.

–Y usted a Jerez.

–Sí, me mandan a Gibalbín. Yo llegaba en autobús a Torremelgarejo y hacía autostop a los camiones de la vendimia para llegar al colegio.

–¿Cuántos años en las aulas a partir de ahí?

–Empiezo en septiembre de 1980 y me jubilo en mayo de 2019, pero no siempre en el aula. Estuve por ejemplo nueve años en el Centro de Profesorado de Jerez y fui otros nueve director del CEIP Nueva Jarilla, aunque ahí daba clases también, claro.

–Supongo que el cambio ha sido grande en todos estos años.

–El cambio grande... regular. Los años ochenta tuvieron un movimiento importante de renovación pedagógica y de colectivos de docentes de los que nace la Logse, una ley de educación muy basada en la metodología. Los docentes no van a clase a enseñar sino a que los niños aprendan. Esto que parece una simpleza, no lo es. Supone que los docentes se tienen que poner al servicio del alumnado y no al revés. Eso implica una revolución didáctica e ideológica en la educación formal y encuentra la oposición de movimientos conservadores que quieren dar su clase con tranquilidad. Hasta los noventa hay una gran movida de renovación y mucho apoyo de la administración socialista, con puestos clave ocupados por gente progresista como Casto Sánchez Mellado. Pero cuando llega la Logse no hay una memoria económica clara, hay una reacción contraria y una marcha atrás. Yo me he ido de la escuela con un sabor de escuela antigua.

El informe PISA debe hacerlo la Unesco, la OCDE no está acreditada para tratar la educación y busca la homogeneidad

–¿En qué momento se tuerce?

–La administración socialista tenía ganas de hacer cosas. Los centros de profesores, por ejemplo, no tienen ningún organismo paralelo en el resto de España al nivel de llegar a todo el universo del profesorado. Hay una apuesta por la calidad educativa, pero la parte ideológica no va de la mano de la económica. El cambio político en Madrid tiene necesidad de acabar con lo anterior y aparece la Lomce. Los padres pierden fuerza, por ejemplo. Da vergüenza que el pin parental lo reivindique ahora gente que se quedó callada cuando le quitaron a los consejos escolares su gran razón de ser y quedaron en un segundo lugar. Creo que la escuela hoy día se diferencia muy poquito de la escuela tradicional. Los ordenadores y pizarras digitales no aportan una novedad si se usan como los recursos tradicionales. Cuando yo empecé a trabajar se utilizaba un libro de Piaget que decía que si un trabajador cualquiera muerto hacía un siglo se levantaba, alucinaba con los avances en su profesión, pero que si lo hacía un maestro le parecía que era el día siguiente de su muerte. Yo me temo que ese principio sigue flotando en el aire, no ha habido una gran ruptura. Ahora un colegio catalán ha roto el horario escolar, hay un margen de horas para el alumnado, la adscripción depende de la madurez y no de la edad... Algo que se apoya en una lógica educativa, no en unos principios rígidos que se mantienen igual: mismo curriculum prácticamente, horarios, distribución de clases. Una silla y una mesa, la coloques como la coloques, crea una escuela llena de tedio y es más de lo mismo.

–¿Y qué alternativas hay?

–Me parece básico que los alumnos vean y experimenten, tienen que mirar por el microscopio, ver la cristalización de la sal, las reacciones químicas o la refracción de la luz, pero me he encontrado docentes que defendían que si iban al laboratorio no les daba tiempo terminar el temario del libro. Es absurdo que se lo cuentes si el alumno puede verlo. Hablamos de fracaso escolar pero no paramos de repetir la misma fórmula, con todo estructurado; la inspección es una inspección técnica, de ITV, de ver qué papeles tienes o no, no hay una inspección pedagógica, que vea si a un alumno que repite se le está reiterando en lo mismo que no funcionó el curso anterior.

Las ilustraciones son las que ponen esos miriñaques a las princesas y las convierten en estatuas, frente al dinamismo de los caballeros

–El informe PISA, ¿el objetivo es mejorar la estadística?

–El informe PISA lo organiza la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Con esas siglas ya no me interesa seguir hablando de educación. Ese informe debe proponerlo y seguirlo la Unesco, organismo que sí estaría acreditado para hablar de educación a nivel mundial, porque conoce las distintas realidades del mundo y sabría adaptar las evaluaciones a esas realidades. A la OCDE le interesa la homogeneidad y compara los resultados en comprensión lectora de un idioma silábico y uno fonético, y esto que parece una tontería, tiene su envergadura. Corea tiene unos resultados buenísimos por el tipo de idioma, sin entrar en su riqueza expresiva. En Finlandia, en 1850 era obligatorio saber leer y escribir para poder casarse, mientras el analfabetismo en Andalucía por esas fechas podría llegar el 90%. Esos pasados históricos de educación formal pesan durante mucho tiempo, sobre todo cuando los cambios son muy lentos.

–¿Cómo llega a ser una voz autorizada en el mundo de la literatura infantil y juvenil?

–Durante 31 años participo en el suplemento de Educación de Diario de Jerez, durante buena parte como coordinador de contenido y siempre con una página sobre literatura infantil y juvenil.

–Con la que consigue un premio nacional.

–Sí, con un artículo nos dieron el Premio de Medios de Comunciación y Pedagogía de la Fundación Santa María, así como un reconocimiento general al suplemento.

–Por favor, continúe.

–El suplemento me lleva a muchos sitios: conocí a numerosos autores, a las editoriales, fui a muchos congresos, mesas redondas... Unido a mi faceta de formador de profesores en ese tema, me muevo en ese círculo durante años.

–Llega incluso al cuentacuentos, volviendo a la faceta teatral.

–Sí, ahora que lo dices puede parecer más de lo mismo. Descubres cuentos que son muy para contar, hay escritores que se les nota su conocimiento en tradición oral.

–¿Cuándo empiezas a contar?

–En el colegio. Empiezo a contar en mi clase, alguien me pide que lo haga también en la suya, las editoriales también me proponen ese tipo de actividades, en la librería de unos amigos...

Pepe García Oliva Pepe García Oliva

Pepe García Oliva / Joaquín Hernández Kiki

–¿Los ofendiditos se están cargando los cuentos clásicos o está bien que se haga una revisión de ciertos aspectos?

–Yo remitiría a un artículo de Ana Tarambana sobre la censura en los cuentos o al libro de ‘Cuentos políticamente correctos’. Los cuentos clásicos no hay que tocarlos. El problema del machismo en los cuentos tradicionales no está en los cuentos, sino en la ilustración. En Hansell y Gretell se ve en casi todas las ilustraciones llevando el niño de la mano a la niña, cuando La casita de chocolate es un cuento femenino. Es la mujer del padre la que dice que no tenemos dinero y vamos a abandonar a los niños, es la bruja la que dice de comérselos y es la niña la que salva la situación. Es un cuento con un empoderamiento femenino absoluto. Las ilustraciones son las que ponen a las princesas con esos miriñaques que no las dejan moverse y las convierte en estatuas, mientras el príncipe tiene un gesto dinámico a caballo o con la espada. La imagen es más poderosa que el texto. La identificación del oyente del cuento (no de un libro de ilustraciones o de una película porque la identidad física la estás viendo) puede acercarse al personaje tanto como quieras. Por eso nos gustan más los libros que las películas y por eso es muy imporante el cuentacuentos, porque los niños necesitan recibirlos con toda su simbología, sin que la cambie la ilustración. El cuento tradicional ha sido tan listo como para adaptarse a situaciones según los momentos. Es algo vivo. Si la caperucita de Perrault muere comida por el lobo porque era peligroso para las niñas andar solas ante un macho depredador, hoy por hoy no se sustenta que una niña cruce el bosque y hay otras armas educativas por lo que no pretende ser tan drástico en su mensaje, de modo que la caperucita actual termina salvándose.

–Un personaje favorito.

–Dorothy del Mago de Oz y Pinocho.

–Un autor o autora.

–Tomi Ungerer o Vicente Muñoz Puelles.

–Y en cuanto a ilustración.

–Noemí Villamuza o Federico Delicado.

–Con la jubilación ha donado numerosos ejemplares.

–Sí, 300 novelas juveniles han ido a un instituto público de Jerez y entre 800 y 1.000 libros a otros dos colegios, además de la cantidad que durante todos estos años he ido llevando a mi centro de Nueva Jarilla. La mayoría son libros que me han regalado y que yo he ido cediendo a la biblioteca, un espacio que conseguí hacer, más que de lectura o préstamo, agradable para estar, en el que tanto alumnos como docentes organizaban actos y usaban porque estaban cómodos, había exposiciones... un sitio vivo.

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