Jerez

La sinrazón de la Feria

EN la Feria, usted lo sabe, se levanta más polvo que en cualquier campito al que usted haya ido un domingo por la mañana. El riesgo de que le salpique la grasa, en el caso de la excursión campestre, se restringe al buen hacer del cocinero que haga la paella. Al campo, querido amigo, usted y los suyos van como uno debe vestirse para estas ocasiones: playeras, vaqueros, polito y una sudadera por si a mayo le da por marzear. ¡Pero he aquí el misterio! Para ir al Hontoria ellos se colocan los ternos en los que no falta el pañuelo de lunares, la corbata a juego y unos zapatos relucientes de betún que son capaces de reflejar el sol hasta un segundo antes de que hoyen el albero, momento en que se tornan tristemente opacos. Mientras, en la caseta el camarero pide hueco sobre tu cabeza para servir unos pimientos chorreantes. Ellas, por su parte, en vez de ir cómodas, visten un traje que pesa kilos... La Feria cansa, vacía carteras, es una fiesta de locos... ¡Pero haga el favor de no perdérsela

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