Cultura

Adán sin Eva

Frankenstein se publica en enero de 1818; esto es, hace ciento noventa y cinco años. Desde entonces, y en lo que respecta a la novela de Shelley, han ocurrido dos cosas: se ha hecho realidad el subtítulo (el triunfo de un moderno Prometeo), y ha variado la atención sobre el protagonista. Como sabemos, el protagonismo recae, en un primer momento, en la figura de Víctor Frankenstein, joven científico cuyo inesperado logro es una vasta y primordial forma de vida. Esta forma de vida, sin embargo, que carece de nombre en la obra, es la que paulatinamente irá fagocitando el apellido y la importancia de su creador. Para las generaciones actuales, Frankenstein ya no es Víctor Frankenstein, sino la atormentada criatura que halló su fin en la tiniebla helada del polo norte. En cuanto al moderno Prometeo... Los límites de la ciencia hace ya mucho que sobrepasaron la estricta y ancilar normativa del Génesis.

Como recuerda Joyce Carol Oates en su notable epílogo, Frankenstein es una novela de ciencia-ficción construida, no tanto con personajes, como con arquetipos. Por un lado, el científico prometeico, cuyo pulso a la divinidad acaba trágicamente, y de otra parte, la criatura huérfana y bestial, de fina inteligencia, cuya fealdad lo condena a errar por el mundo, ayuno de calor humano. Los arquetipos que acuden con facilidad a la memoria del lector son, además del Prometeo pagano, el Fausto de Goethe y el Ángel Caído de los versos de Milton. Pero también la trémula desesperanza y la sombría meditación del joven Werther. Ese ambiente de soledad esencial es el se que recoge en las ilustraciones de Lynd Ward. Un ambiente, por otra parte, que remite al pasaje del Edén y la expulsión de sus moradores. La diferencia estriba, no obstante, en que la criatura de Frankenstein es inocente de su pecado. Mientras que Víctor Frankenstein pecó de soberbia, su creación es el sujeto paciente, la víctima deforme y encolerizada de un sacrificio. Ahí, en ese hecho, reside la modernidad de Frankenstein. Una criatura sin dioses es arrojada al mundo, y vaga por un paraíso hostil, injuriada y sin culpa. De algún modo, su abominación es el salario que el XIX científico paga a una religión en crisis. Dos siglos después, y olvidada ya la novedad científica, sus facciones se confunden con las nuestras.

Mary W. Shelley. Trad. Rafael Torres. Ilustaciones, Lynd Ward. Sexto Piso. Madrid, 2013. 264 páginas. 24 euros

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