Trato y Retrato. Por Rafael Benítez Toledano y José María Bernabé

José Basto, perjudicado de luz

En la Cuesta del Arroyo, junto a la Puerta de Rota, frente a la Colegial, detrás del viejo Economato de Domecq, existe una cueva luminosa a la que me acerco algunas mañanas buscando claridades. En el estudio del pintor José Basto encuentro, y reencuentro, la humildad, la disciplina, la libertad y el talento; afortunadamente solo durante unas horas, más sería dañino.

Allí sentado, delante de un tipo con gafas, que lo mismo te daña los ojos con la luz de nuestras viñas que te martiriza con un fandango (a veces al mismo tiempo) uno se siente, al fin, feliz de ser jerezano.

José Basto. José Basto.

José Basto. / Miguel Ángel Bernabé

Rodeado de albariza, collages, flores desoladas y viejas gitanas de refajo y pie inquieto, el poeta se reconcilia por un tiempo con esta aldea que agoniza entre la soberbia y la desgana. El pintor trabaja y el amigo disfruta, todo muy español.

A veces también lo acompaño al campo, a beber vino a La Blanquita, a lo de Curro, o a Dulce Nombre; a ver cómo se parte una pierna repechando entre terrones, buscando un horizonte que es sólo suyo. Algunos días en que, literalmente, Pepe se suelta el pelo, deviene en augur alucinado de carriles, cantaor malo de gañanía y abanderado de las dudas del arte.

Últimamente intento liarlo para irnos a la Vega baja de Carmona, hacia Marchena; o para los esteros y las salinas, con fondo de astilleros y mucho jierro. A ver si no mete un pie en el fango, cegado de sal y Bahía... Y terminamos en urgencias.

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