La crítica

El Otelo de Shakespeare más didáctico de todos los tiempos

  • Una adaptación de la obra clásica, que engancha al espectador durante más de hora y media

Desde hace muchos siglos el teatro es el reflejo más sincero de la realidad diaria. Los genios, como Shakespeare, van un paso por delante. Si no, esta obra no podría ponerse en escena hoy en día. Son capaces de diseñar una obra tan viva, que resista el paso del tiempo, y sea capaz después de varios siglos de remover conciencias y hacer pensar a quienes quieran hacer pensar ante ella. Por otra parte, los directores de teatro que buscan libretos amables y seguros siempre acaban desempolvando obras que tienen vigencia en cualquier tiempo, a cualquier hora, en todo tipo de sociedades. Más aún cuando se tratan los principios emocionales del ser humano. Y por ello, el teatro clásico conciso y esclarecedor se está buscando un hueco. No hay más remedio que innovar. Se rompen esquemas y así sitúa a la vanguardia de la dramaturgia de los últimos tiempos a este director. Eduardo Vasco deja impronta desde el inicio. Crea un ambiente envolvente. Desarrolla la trama con maestría y hace que un texto duro y archiconocido sea digerible y hasta saludable. La apuesta por la sencillez y la retirada de artificios, gracias a la intervención de Yolanda Pallín, refresca el resultado y lo hace más creíble. Los cinco sentidos puestos en un escenario. Los sabores de los celos, el tintineo de los sonidos de la sinrazón, la acidez recalcitrante del odio y de la maldad, la sutileza de las venganzas y una suma de emociones que llenan las tablas de sentimientos encontrados. La fuerza de los actores crea además cercanía. El vestuario de Caprille crea elegancia. La realidad del libreto el entramado de la musicalidad. El espectador debe poner el resto pues en este tipo de obras el desarrollar la imaginación forma parte del espectáculo.

La lucha del poder en una sociedad machista está presente en todo momento. La violencia de género, que podría verse como recurso barato, no es lo que parece. Es la violencia de los personajes. La propia pasión de la creación de cada actor o de cada actriz para saber transmitir algo que en la Venecia de Shakespeare estaba diluida entre cortinas y paredes, pero que ahora en el Jerez de la crisis, es capaz de robar el corazón a costa de hacer pensar. La fuerza de la diferencia de géneros. Las relaciones entre hombres y mujeres, entre amantes despiadados y entre uniformes es ahora la realidad de gente sin principios y donde la vida solo tiene el valor que se le quiera dar cuando las cosas no se tuercen. La celotipia, la ansiedad de ejecución, la paranoia, el amor ciego y la mentira para escalar poder hacen un cocktail perfecto de teatro de expresiones.

Los figurines son capaces de crear ambiente, y todos ellos, en base a una escenografía minimalista, crecen conforme la obra crece en argumentos. Crecen en altura y en dimensión espacial desde abajo a arriba. Podemos asistir a una radiografía de los anhelos en tres dimensiones. Los que se tiene entre ceja y ceja, aderezado por las pasiones de los personajes. Se asientan en el escenario como con sobrepeso, y se mueven en el espacio escénico con soltura. Un Yago embaucador, que para urdir sus planes, usa el artificio de dejar la composición de teatro romano para bajarse al estilo del teatro griego de acercarse al patio de butacas para hacernos cómplices. Unas manos de pianistas meciendo la cuna de la puesta en escena, con acordes al oído para adormecer pasiones. Ojos de dragón encendido en los protagonistas gracias a una iluminación de calles y frontal cuidada. Sobre todo en el malvado Yago. Movimientos de serpientes deslizándose entre bambalinas y una ocupación de escena delimitando los tiempos, porque una cortina de sea aterciopelada enmarcaba la escena en Venecia y uno más pictográfico hacía de abstracción de Chipre. Una abstracción total en la escenografía, con pocos objetos pero útiles, con cambios a vista por los propios actores y grandes espacios para no ahogar a los figurines. Mutis sorpresivos que inundan de fuerza el escenario, con el aliciente de encadenar escenas paralelas en las últimas frases de los diálogos. Diálogos llenos de matices tonales que difuminan las intenciones. El animalario de gente sin principios razonados, que encarnan personajes perfectamente definidos y que en base a sus miserias transmiten en unas tablas lo que el autor quiere crear como epitafio: la mentira, el amor y los celos en una obra intemporal. Todos ellos, en una línea actoral sobresaliente, creando fuerzas antagónicas y negociando las tensiones y como todo buen libreto de Shakespeare de forma lineal hasta alcanzar el punto álgido del desarrollo donde la resolución del conflicto es archiconocida.

El teatro clásico fuera de los corrales de comedia, o fuera de los teatros victorianos de mejores épocas, necesita más apoyo en las formas. Esto se puede palpar en esta propuesta. En el texto, alejado de sobras; en la expresión gestual, llena de guiños a la comedia del arte, y a los tonos de las cuerdas vocales, donde los personajes dejan crecer sus cambios de humor. Todos los personajes se alimentan entre ellos, haciendo posible que disfruten su osadía y disfruten el resultado, en base a que se sienten permanentemente apoyados por su director de escena, tanto en movimientos, en intenciones y en el juego postural sin improvisaciones ni banalidades. En el juego de las situaciones paralelas con escenas entrelazadas en diferentes partes del escenario. Tanto, que el comienzo del espectáculo usa el recurso de anticipar la posición final de los personajes. Como un cuento donde la línea argumental acaba siendo solo un pretexto para el momento del éxtasis final en el desenlace anunciado. Un lujo en el escenario si es posible ver todos los matices y un lujo en nuestra vida, si queremos ver las pistas que nos dan para entender muchas cosas.

Crítica Música

 

Ficha técnica: Otelo. W. Shakespeare. Versión: Yolanda Pallín. Dirección: Eduardo Vasco Lugar: Teatro Villamarta Compañía: Noviembre Teatro. Reparto: Daniel Albaladejo, Arturo Querejeta,  Fernando Sendino,  Héctor Carballo, Francisco Rojas, José Ramón Iglesias, Cristina Adua,  Isabel Rodes y Ángel Galán.  

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