Cultura

Sigan rebobinando, por favor

Dignísima y por momentos muy divertida película infantil para treintañeros con buena memoria cinéfila y musical, El hijo de Rambow viene a emparentarse con la no menos entrañable Rebobine, por favor en su festivo y sentido homenaje a la era del vídeo, el cine y la cultura popular de la década de los ochenta. Puede que no sea casualidad que su director, el británico Garth Jennings (Guía del autoestopista galáctico), se haya forjado también, como Michel Gondry, en el terreno del videoclip. Ambos comparten esa mirada naïf hacia la infancia como espacio para la libertad y la fantasía, pero sobre todo como arcadia de la que recuperar un lúdico sentido de la creatividad de andar por casa que parece perdido en la era de la tecnología digital.

El hijo de Rambow hace así iconoclasta apología del artesanado y el amateurismo como vías de escape a la realidad de la familia y la escuela, en su delirante remakesuecado de la popular e incorrecta saga de Rambo en los alrededores de un colegio interno británico con profesores coñazo, niñas con faldita, empollones repelentes y estudiantes franceses de intercambio a la última moda.

Jennings filma así una suerte de autobiografía deformada que, aunque tarda algo en arrancar, es capaz de regalarnos hilarantes secuencias de acción paródica (el rodaje de la versión casera El hijo de Rambow es puro slapstick salvaje) y momentos de gamberrismo y camaradería infantil a prueba de corazones ñoños y paternalistas. Capaz de conjugar siempre con eficacia sus dos niveles de lectura, la película funciona tanto como recomendable y original alternativa al cine infantil americano que inunda las pantallas y también como espejo de autoreconocimiento para una generación que creció con las canciones de The Cure, Duran Duran o Maniobras Orquestales en la Oscuridad y que ya no tiene por qué avergonzarse de ello.

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