el arte de la viñeta

La realidad y el deseo

  • Después de los recopilatorios de 'Paracuellos', 'Los profesionales' y '36-39, malos tiempos', Debolsillo recoge en 'Todo Barrio' otra emblemática serie de Carlos Giménez

Al buscar un título para su poesía completa, Luis Cernuda se encontró con una especie de suma que compendia ejemplarmente la experiencia humana: La realidad y el deseo. Estos dos sustantivos abarcan todo. Casi, casi no hay más. La realidad incluye nuestra memoria y circunstancia, nuestros proyectos realizables; el deseo apela a hipótesis, alternativas o aspiraciones no consumadas. La realidad abraza cuanto cabe conjugar con los verbos en indicativo; el deseo, por contra, necesita de los verbos en subjuntivo. La realidad se refiere al Ser (lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos), mientras el deseo orbita alrededor del sol abrasador del Querer ser (sea lo que sea, fuese lo que fuese, fuere lo que fuere). La realidad y el deseo son el haz y el envés de una misma moneda, la moneda de la vida; no se puede cancelar una cara sin devaluar el precio. Pues bien, aun a riesgo de incurrir en un flagrante plagio, éste sería un buen título para Barrio, obra señera de Carlos Giménez, repaso de la realidad y recuento de los deseos en los tiempos infaustos, infelices, ingratos de la dictadura franquista.

En la serie Barrio -compuesta por cuatro álbumes-, el álter ego del Maestro responde al nombre de Carlos García-García, Carlines para los amigos, a quien conoceremos recién salido de un Hogar del Auxilio Social (aquellos infernales internados infantiles de Paracuellos), ya adolescente, después de haber pasado casi nueve años de privaciones y humillaciones, dolor y miedo; las grandes armas pedagógicas del nacional-catolicismo. Barrio es una inmersión en las aguas negras de la España profunda. Una España de casas mal iluminadas, escasamente amuebladas, frías. De portales en donde parejas desesperadas aprovechaban el rincón en sombras para darse un achuchón. De bares mal iluminados, no bien surtidos, cargados de humanidad. De tiendas en las que se vendía bueno, bonito y barato, y siempre se fiaba. De calles en donde te encontrabas a gente meando en una esquina, pidiendo limosna en otra, dando patadas a un balón en la plazoleta o haciendo cola en la fuente para llenar cubos o botijos. Unos ambientes retratados por Giménez con exactitud sobrecogedora.

¡Y qué decir de los rostros! Barrio es un impresionante álbum de retratos. De rostros cincelados con el buril del dolor, hendidos de arrugas que son como surcos en donde la fatiga arroja sus semillas. De rostros iluminados por el odio, de muecas torcidas por el asco y sonrisas cariadas por la prepotencia. De rostros en los que el hacha de la vejez deja tajos profundos en el tronco, hiriendo de muerte al árbol. De rostros henchidos de savia nueva que miran hacia delante en busca de una vía de escape. Y rostros de niños, niños de ojos como platos, en un estado permanente de estupor, difícil discernir cuánto es sorpresa, cuánto es espanto. Nadie ha dibujado con tanta sensibilidad el rostro de los niños, esos espejos sin azogue, aún nítidos, que reflejan tal cual sus emociones. En el fondo, Barrio es una de las grandes obras realizadas sobre el mundo de la infancia. En el prólogo del volumen recopilatorio Todo Barrio, Gonzálo Suárez escribe: "La cuadrícula es el cuadrilátero donde, a la manera de un púgil con su sombra, Giménez pelea con su infancia hasta que el niño que un día fue, y sigue siendo, acabe ganándole el último round".

Se diría que, para realizar su obra, Carlos Giménez se ha asomado al interior de nuestra memoria; en realidad, tal es la fuerza del dibujo, el artista consigue limpiamente que ese puñado de recuerdos propios o cercanos acaben siendo nuestros. A Giménez le cabe el honor de haber sido uno de los primeros artistas en arremangarse y echar tierra a las zanjas del pasado, no para enterrar, sino para cubrir ese vacío que quienes predican la desmemoria querrían que no se llenara. En las viñetas de Barrio respira la realidad. Una realidad de gentes que no tienen donde caerse muerta en tiempos en que era fácil caerse muerto de repente, o de golpe y porrazo, en cualquier parte. Una realidad de personas en las últimas que mendigaban ropa vieja para poder cubrir sus vergüenzas. Una realidad de hombres que estuvieron en la guerra, pero jamás contaron batallitas. Una realidad de mujeres, viudas tempranas, condenadas a la soledad para los restos. Una realidad de niños que, como el propio Giménez, sólo conocieron a sus padres en fotos. Una realidad, la de hace unas décadas, y un deseo, el deseo de que todo horror acabe cuanto antes, perpetuo. La realidad y el deseo. No hay más.

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