Cultura

Los susurros del silencio

Hay exposiciones que no sólo no pasan desapercibidas sino que, perduran en la memoria y dejan huella inequívoca en el espíritu. Muchas muestras han pasado ya por nuestra larga existencia entorno a lo artístico, muchos momentos vividos de los que uno guarda mucho cariño por la emoción artística vivida. Lo mediocre pasa más que volando y lo malo ni siquiera pasa. Por eso la exposición que se presenta en el Crucero Bajo del Hospital Real nos ha inundado el alma de suprema emoción, de potencia creativa, de espiritualidad y de absoluta esencia de lo que se siente como eterno.

La espectacularidad de un espacio que abruma y condiciona la mayoría de las veces, sucumbe ante la monumentalidad de la obra expuesta. El imponente Crucero Bajo del Hospital Real parece adquirir con las piezas de Javier Garcerá una mayor suntuosidad si esto fuese posible en tan magna arquitectura . El espacio se ha vuelto, ahora más que nunca, sacrosanto lugar donde se ofrece un eterno sacrificio de espiritualidad plástica, donde la emoción del Arte se suma a la apabullante realidad de un escenario que incita a la silente reflexión, que abre las esclusas del alma para que, hasta ella, lleguen los efluvios de la más absoluta verdad artística.

JAVIER GARCERÁCrucero Bajo del Hospital RealGRANADA

Javier Garcerá es un artista valenciano, nacido en el Puerto de Sagunto, que trabaja y reside en Madrid. Es uno de los, todavía, jóvenes creadores españoles que están dando sabia trascendencia a un Arte con infinitas perspectivas. La exposición es magnífica, suntuosa, llena de sentido museográfico y dispuesta para el goce supremo de los sentidos. Una gran pieza cuya monumentalidad apasiona e inquieta, dejada caer en una de las esquinas, plantea una disposición expectante a la mirada y, sobre todo, al espíritu. El brazo derecho del Crucero acoge otra gran pieza, esta vez acostada, de la que surge un suave sonido que capta la atención y sigue predisponiendo el espíritu para más encuentros inesperados. El espectador ha de sobreponerse para no sucumbir a lo imponente del espacio y poder percibir la espectacularidad de otra pieza, esta vez en verde, 'Que no cabe en la cabeza'. El otro brazo de tan especialísima arquitectura renacentista parece estrecharse con otra monumental pieza en rojo, esta vez con la tenue concreción de una realidad sugerida. Se trata de todo un magnífico retablo pasional - el rojo reivindica su mágica simbología - que incita a la reflexión silente sobre una existencia controvertida. A la izquierda, una butaca vacía mira al espacio que recrea la última gran pieza en rojo que hace descubrir una enigmática estancia. 'No decir'. Para qué más.

La exposición se completa con ocho piezas, 'hogueras', que dejan bien a las claras las posiciones plásticas y estéticas del artista valenciano. Y es que la obra de Arte, los actos artísticos ejercen un apasionante juego motivador. El visitante se siente cohibido ante tanta grandeza; grandeza formal, grandeza espiritual, grandeza plástica. No existe en la obra de Javier Garcerá un resquicio que dé paso a la indiferencia. Si existiese y el alma admitiera una mínima duda, para eso está, también, la grandeza del espacio. Pero hay más. Está la complicidad del espectador que mira, que busca, que siente, que se emociona... que se transporta.

No se la pierdan. El goce es supremo.

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