Análisis

Manuel Moure

Autobús urbano y peligroso

Los autobuses urbanos deberían ser como los árbitros de fútbol: para hacer bien su trabajo deben pasar desapercibidos. Los autobuses de Jerez, digámoslo así, no pitan bien ni un partido de prebenjamines. Y es lógico. Para pasar desapercibidos lo primero que debería evitar la empresa es que sus vehículos dejen regueros de aceite en todos y cada uno de los semáforos de Jerez. Antes, incluso, habría que adoptar medidas destinadas a que al cacharro no se le salga una rueda en pleno servicio y, muchísimo menos, que en su interior se empiece a oler a quemado, arda por completo en unos minutos y los ocupantes deban poner pies en polvoroso con un susto de los de 'más vale que se vaya meneando que la cosa está que arde'. En más de una ocasión he sostenido que los urbanos son parte del flujo sanguíneo de la ciudad. Y en este caso vamos camino del desangre, del shock hipovolémico, porque ya hay personas a las que les da cierto 'yuyu' montarse a pesar de que la plantilla se deja el alma por hacer bien su trabajo con penosas herramientas.

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