A veces tengo la impresión, algo así como una pesadilla, de vivir en un mundo de falacias concomitantes. Nuestros representantes políticos, que son esos señores procedentes de las urnas, como si nacieran del huevo primigenio, quieren convencernos de que la naturaleza natural es el sueño edénico y a él hemos de ir todos, como el buen salvaje de mi indigesto Rousseau: ese mito de volver a lo selvático, y que se confunde con la ecología y la vuelta a la naturaleza; otro tanto afirmo de quienes defienden el mito paralelo que posiciona al individuo coetáneo como al buen civilizado. Olvidan las ingenuas leyes educativas que el cainismo sigue existiendo en la progresista sociedad actual y que lo único que se ha perfeccionado es la técnica de matar. Porque en esto de la cultura y la civilización las distinciones no vienen por el salvajismo, que es algo, después de todo, muy trasnochado, si no fuera porque hay quien se empeña en reeditarlo cada día, siendo esta animalidad una especie de gen aleatorio que toca, de cuando en vez, nuestra vecindad. La verdadera distinción está en que hay sociedad humana e inhumana, y esto es lo peligroso del asunto. Nos hemos endiosado, desde el árbol de la ciencia del bien y del mal, en busca de quimeras, y nos ha pasado, como le pasó a un buen amigo de travesuras, jinete experto ¡qué digo jinete! casi centauro, que yendo descuidado en la sujeción de las riendas, un tábano picó al cuadrúpedo y le derribó del caballo. Y como pasa con el vino en exceso también pasa con la adulada razón, que nos oscurece el entendimiento cuando creemos ser la leche. Pasó con Babel, y pasa hoy con Europa, con España y los territorios históricos -distinguidos, sobre todos los demás, por tener historia. La confusión irracional ha hecho posible el lenguaje polígloto de nuestras autono-suyas-suyos-suyes. Gracias a los yanquis esto se va superando con la vestimenta común del vaquero, la bebida del coca-cola y el canto del tamtam que todos entonamos en armónica polifonía. La economía global ha hecho tabla rasa de las supuestas diferencias étnicas y lo que antes eran telares de Manresa hoy llegan con la etiqueta Made in Taiwan. Lo que no veo tan claro es dónde situar al trabajador global que no necesite pasaporte. Quizás porque la economía global también sea una falacia que se adhiere a la exitosa falacia del hombre civilizado, y por supuesto progresista. Porque desde la Luna esto se ve muy pequeño -aldea global, lo denominó Marshall McLuhan- resaltando la aldeanización de la globalidad, que no sé muy bien si se refiere a Estados Unidos, a Europa o a Médicos sin frontera; quizá aparezcan por alguna parte los enfermos sin fronteras, los pobres sin fronteras, y, a lo peor, también una Constitución sin fronteras que permita la super liga de Florentino ¡Qué lío! De momento aldeanos con fronteras, lindes, mojones y merindades, por supuesto con las jurisdicciones correspondientes, históricas, faltaría más, todas ellas descendientes de las ancas de Babieca. De momento los premios Ramón y Cajal tendrán otra nomenclatura; lo mismo el de Ramón Menéndez Pidal y el de Marañón. No se ha respetado ni a Malaspina. ¡Para una vez que habla, se ha lucido el astronauta!

Y ya puestos en el territorio falaz, ¿qué decir de la tecnología? Lo domina todo, lo envuelve todo. No soy tecnófobo, por más que me las vea y me las desee con algunas aplicaciones digitales; más bien soy tecnófilo, con ciertas reservas sin importancia. Recuerdo con agrado una serie televisiva del pleistoceno: MacGyver. Era sorprendente su habilidad para improvisar cualquier artilugio con elementos simples y de lo más variados: chicles, clips, mecheros, neumáticos, su inseparable navaja suiza multiusos y su Jeep descapotable. Un agente secreto cuya arma más peligrosa era su inteligencia cotidiana. Tenía parte de scout y otra parte de genio. Nunca usaba armas de fuego y nunca mataba a nadie. ¿Os acordáis, rancios amigos? Hoy, con Fabrice Hadjadj, sorprendente filósofo francés, sostengo que la tecnología nos ayuda a la regresión ¡Oh! No tocamos instrumentos, clicamos una playlist; no hacemos cosas, compramos. Todo nos lleva a la inutilidad de las manos y si en algún momento se nos cortara la luz, cosa posible, dado el canon que llega de meseta-valle-punta, nada podríamos hacer; menos que un neandertal en su cueva; el homo faber desaparecerá por la misma razón que desaparecerá el último modelo de IPhone, por causa de la obsolescencia programada. Entonces, tendrá más valor un martillo que toda la tecnología destructora de las capacidades humanas. Pensemos esto con detenimiento, porque con la subida de la luz nos será más útil ser 'amish' que todo el Netflix de la temporada.

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