Otro año llega el cartel y se hace presente la eterna polémica. En primer lugar está la utilidad del propio cartel en un tiempo en el que la Semana Santa tal como la mayoría la concibe y que es lo que, realmente, debería anunciar un cartel, no va a ser posible. Por lo tanto el objetivo anunciador de la efemérides va a servir para poco. En segundo lugar parece como si, por parte de la institución que encarga el cartel se buscase un sentido de modernidad al elegir un artista que trabaja en el universo del grafiti y del tatuaje, como si eso diera una categoría artística distinta. Si es así, se desprende un aire de pobreza intelectual; sobre todo porque, una obra no es moderna por quien la haga sino por cómo se haga. Da igual que el autor sea un fotógrafo, un pintor, un carpintero de ribera o, como es el caso, un grafitero o un tatuador. Eso es lo de menos si el resultado es el idóneo.

El cartel me parece una obra correcta de ejecución; con adecuación pictórica y dominio de los elementos compositivos. Otra cosa es la realidad que debería definir. Se observa que el autor conoce el oficio y su realización es totalmente adecuada en fondo y forma. No conozco al artista ni sé de sus otras realizaciones en el mundo artístico en el que se mueve. Sí se desprende que es un pintor que domina la técnica; lo demuestra la claridad en la estructura de la imagen y en la composición de las manos; pero, creo, que este cartel no va a estar entre las obras que más le puedan satisfacer artísticamente. A la gente de a pie, tampoco. Se trata sólo una imagen religiosa.

La categoría de cartel anunciador de la Semana Santa de Jerez está, sin embargo poco, definida. Como lo está el propio objetivo de un cartel que ha de anunciar una Semana Santa que no va a existir como, casi todos, querríamos.

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