El fin de año llega como cogido entre alfileres, repleto de dudas sobre los tipos de mascarillas y apostando fuerte por el mundo de la nanotecnología aplicada a las vacunas. En las navidades pre pandemia todo era de color, de soniquete, de matasuegras y cotillones. De compras exageradas. De ritmo infernal consumista.

Era el superlativo de la codicia y el mercadeo. Nada que ver con la buena nueva que anunciaban los arcángeles. Ahora, lo que se anuncia es otro tipo de natividad. El nacimiento de una forma de vida cotidiana lo más parecida a la de Belén de hace veinte siglos. El de la búsqueda de respuesta terrenal a la estrella en forma de solución para una crisis jerezana y global que va a durar. Ahora, las reuniones no son para tocar la zambomba sino para meterse el hisopo por la nariz.

Las cepas de nuestros viñedos del marco han dejado paso a las cepas mutantes de virus de origen desconocido y la filoxera ha dejado de importar ante tanta carga viral indiscriminada.

Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva fiesta en el solsticio de invierno. La de, no sabemos a ciencia cierta, a qué carta quedarnos y la de la ilusión por creer en algo llamado vacuna o tratamiento que, con la llegada del nuevo año, llegue a nuestros portales en forma de incienso, oro y mirra de esta nueva era.

Desde hace meses, parece que estemos esperando un santa Claus, algún rey mago o a Mr. Marshall en persona, colocando nuestros zapatitos en el brocal de la ventana a ver que nos dejan, como niños y niñas inocentes jugando cada día a algún juego del que nos faltan las instrucciones, sin saber quién se ha encargado de poner el tablero y sin tener claro quienes mueven las fichas.

La historia se repite pero la estrella de oriente tiene hoy forma de jeringa. Ilusionarnos es lo único que queda. Y no cuesta demasiado.

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