Acaba este año oscuramente onírico vislumbrando anheladas luces en el vasto patrimonio sacro jerezano. Si el mes pasado me lamentaba de la situación del retablo de una de las capillas laterales de San Marcos, no puede tampoco ignorarse el estado deplorable de otra arquitectura lignaria del barroco local como es la que ocupa el altar mayor de San Lucas. Tras años de creciente deterioro, que incluso obligó a que fuera tapada para evitar el peligro de posibles desprendimientos, ha surgido la oportunidad de emprender una restauración que permita, al menos, consolidar su estructura. La ocasión ha llegado gracias a una de las ayudas que a la conservación del arte religioso ha otorgado días atrás la Junta de Andalucía. Por fortuna, no ha sido la única pieza beneficiada en la ciudad pero sí puede juzgarse el caso más relevante tanto por la gravedad como por la entidad del conjunto artístico que preside la vieja parroquia de fundación alfonsí.

El retablo mayor de la iglesia de San Lucas supuso el colofón a la gran transformación decorativa que experimenta este templo gótico-mudéjar entre 1714 y 1732 gracias a la iniciativa de su cura, Juan González de Silva. Él mismo aparece interviniendo en el contrato de la obra con el retablista Francisco López en 1723, aunque sea la hermandad de la Virgen de Guadalupe, imagen que presidiría el altar, la encargada de costear el trabajo, que no se finalizaría hasta diez años más tarde, en 1733, con su dorado. Lo curioso de este retablo es que se documentan algunas modificaciones y restauraciones a lo largo del mismo siglo XVIII que demuestran tempranos problemas que se han prologando hasta hoy.

Ahora otra cofradía, la de las Tres Caídas, que ya ha hecho grandes inversiones en el propio edificio, le toca liderar el proyecto de esta compleja restauración, que en 2021 será por fin una realidad.

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