Análisis

fermín lobatón

Maestro cercano y discreto

Recuerdo vivamente la primera vez que coincidí con él, en una Reunión del Cante de Cádiz y los Puertos de las que se celebraban en el patio del Colegio de los jesuitas de El Puerto, creo que a mediados de los noventa. En mi imaginario personal, su nombre, asociado desde la infancia a la poesía y al flamenco, ocupaba un rango de inapelable autoridad por sus libros y por su trayectoria periodística. A mí, que por entonces no debería de llevar muchos años en lo de la escritura flamenca, conocerlo personalmente fue algo que me abrumó, una sensación que se difuminó de inmediato, en gran parte gracias a su entrañable esposa, Tina, quien, con su naturalidad distendió el encuentro. A ello hay que añadir el carácter discreto de Manolo, siempre modesto y nada pretencioso, pese a su sabiduría.

En unos pocos años me hice un fervoroso seguidor de su obra, que hasta entonces conocía de referencia. Cómo escribir de flamenco, en aquel tiempo en el que Wikipedia no había parecido en nuestras vidas, sin el auxilio de esos dos grandes tomos del 'Diccionario Enciclopédico del Flamenco', escrito junto a José Blas Vega. Y más allá de esa obra de consulta que sigue siendo imprescindible -la antología crítica que contiene nunca estará en la red-, sus obras anteriores se convirtieron en objeto de búsqueda por librerías de lance. A principios de este siglo apareció 'El gran libro del flamenco', una obra en dos volúmenes que recibí como un compendio de su largo conocimiento y un trabajo de lúcida madurez. Me apresuré a reseñarla e incluso tuve la oportunidad de hacerle una entrevista sobre ella en un efímero programa que dirigí para una televisión comarcal.

Siempre lo he considerado un maestro del que he aprendido muchísimo, y no solo por sus libros. Desde el nacimiento del Festival de Jerez, del que fue fiel asiduo y defensor, los contactos con él se hicieron más frecuentes. Después de conocer su pensamiento, escucharlo de viva voz contar sus vivencias fue todo un regalo y un privilegio. Sin duda, han sido muchas sus aportaciones al flamenco. Personalmente, me quedo con su talante positivo e integrador y su fe en la fuerza y el poder de este arte. Nunca mostró temor ante las nuevas expresiones. Entendía que era normal que otras músicas se acercaran al él para tomar parte de esa fuerza suya, pero pensaba que, de esos encuentros, el flamenco siempre saldría fortalecido. Así sea.

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