Los hosteleros siempre le han tenido miedo a noviembre y a febrero. Ambos forman la antesala y la salida de las fiestas navideñas. En el primero de ellos se contiene el gasto en vistas de lo que aún está por venir, mientras que en el segundo se contiene igualmente por los excesos cometidos durante ese amplio periodo de celebraciones. Y lo malo es que la fiesta, a este paso, les va a durar a los más 'jartibles' algo así como un mes y una semana. Si tenemos encuenta que hay quienes empiezan con las zambombas el 30 de noviembre y concluyen la fiesta al día siguiente de ver la trasera de la carroza de Baltasar hay que reconocer que no hay cartera que aguante semejante nivel ni cuerpo capaz de asimilar tanta fiesta. Ayer, el genial Pedro Carabante, lo retrató perfectamente en su viñeta. El nazareno en vez de cirio portaba una zambomba, a donde pensaba ir tras recoger a la cofradía. Es un exceso, pero en esa hipérbole surrealista se resume buena parte del sentir de muchos jerezanios que temen que esta maravilla de celebración se nios vaya de las manos.

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