Análisis

santiago cordero

Y los dioses se humanizaron

'Citius, Altius, Fortius'

'más rápido, más alto, más fuerte' ha venido siendo el lema oficial de los Juegos Olímpicos de la era moderna. Era la versión moderna de la divinización de los deportistas en la antigua Grecia. Cada cuatro años desfilan ante nuestros ojos los dioses y diosas del deporte mundial. Cada Olimpiada nos descubría a los mitos de su tiempo.

En 1900, la británica Charlotte Cooper fue la primera mujer en conquistar una medalla de oro olímpica en la modalidad de tenis. En 1936, Jesse Owens tuvo que superar tanto el racismo de su país, Estados Unidos, como la supremacía nazi de la Alemania de Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín.

Las marcas y los récords se superaban olimpiada tras olimpiada. Leyendas como Mark Spitz y sus sietes medallas de oro en Munich 72, el 10 de Nadia Comaneci en Montreal 76, la irrupción del Hijo del viento, Carl Lewis en Los Ángeles 84 y después Michael Jordan, Michael Phelps y tantos hombres y mujeres que se convirtieron en iconos del deporte, en modelos de superación, en ideal a perseguir para las nuevas generaciones.

Las olimpiadas nos fabricaban dioses y diosas de nuestro particular Olimpo Social. De vez en cuando, algunas derrotas e infortunios completaban el mapa emocional de los juegos, en los que algún atleta ayudaba a alguien que había caído lesionado a cruzar la meta y cosas así, pero por norma general cada cuatro años, en cada olimpiada, descubríamos a los dioses de la modernidad. Luego llegarían, para ellos y ellas, los patrocinadores, las campañas publicitarias y los millones. Los humanos nos conformaríamos y nos sentiríamos agradecidos, gastando y gastando en los productos que los nuevos dioses nos vendían.

Pero por las razones que sean, en estas olimpiadas de Tokyo hemos podido comprobar de manera muy clara que los dioses no son tales, sino que son personas, con talentos, capacidades y habilidades, muy por encima de la media, claro está, pero personas, humanos como todos nosotros.

Simone Biles en plenos juegos, en la cúspide de su carrera, ha puesto en el foco mundial la cuestión de la salud mental y lo ha hecho con normalidad, con sinceridad y honestidad. A partir de ese momento, los Dioses han bajado del Olimpo y se han humanizado. La ansiedad, la depresión, el stress, las dificultades para sobrellevar el día a día ha pasado a ser, según muchos deportistas, algunos de los problemas con los que ellos, igual que nosotros, tienen que lidiar en sus vidas. Si a todo esto le unimos las reivindicaciones de la lanzadora de peso Raven Saunder, plata, en favor de los colectivos desfavorecidos, especialmente el movimiento LGTB, podemos llegar a la conclusión de que estos juegos, en medio de una pandemia, son una muestra de que, además de todas la cualidades que tiene la humanidad, tenemos muchas debilidades y problemas a los que debemos mirar de frente y hacerles frente. Si solo nos creemos dioses acabaremos perdiendo.

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